La princesa Lulú

Muy concurrida estaba aquella tarde la tertulia del célebre pintor Bouez. Había corrido la noticia de que el cuadro que destinaba al próximo Salón estaba terminado, y ésta era la causa de haber acudido al taller gran parte de sus amigos, entre los cuales figuraban, con raras excepciones, los hombres más ilustres de París. Carlos Bouez era un predilecto de la fortuna; desde muy joven había adquirido mucha nombradía, colocándose en primera fila de la brillante pléyade de los pintores franceses de fines de siglo. A los treinta y siete años se veía rico, colmado de honores y dueño de un precioso hotel en la Avenida de Villiers. Era además oficial de la Legión de Honor, miembro del Instituto de Francia, y había obtenido un año antes la tan codiciada medalla del Salón, por su cuadro del Nacimiento de Venus que representaba a la diosa rubia surgiendo de la espuma de las olas. Su figura varonil era agraciada y su traza la del pintor moderno: alto, vigoroso y con unos bigotazos que le hacían parecerse a un capitán de coraceros.

Un nuevo cuadro de Bouez era siempre un acontecimiento muy interesante para todas las personas relacionadas de alguna manera con el arte. De las manos del gran pintor sólo podía salir una obra maestra, una de estas telas que nacen para ser colgadas en las paredes de un museo o en la galería de un archimillonario. De aquí que la tertulia que tenía lugar todos los martes en el estudio de Bouez, fuera aquel día más numerosa que de costumbre. La vasta habitación techada de vidrio, caprichosa y ricamente alhajada, de la cual habían salido tantas maravillas del pincel y de la paleta, no era ya bastante a contener todas las personas de viso que habían acudido como obedeciendo a una cita. Los pintores, literatos y críticos mejor reputados andaban allí codeándose con ricos banqueros y nobles de muchas campanillas. «Admirable, soberbio, asombroso» eran las palabras que salían de todos los labios al contemplar el cuadro último de Bouez, artísticamente colocado sobre un caballete de encina y  ya metido en su marco de oro.

La pintura era realmente magnífica. Representaba a una mujer desnuda y en pie junto a un arroyo que bajaba saltando de piedra en piedra por entre un bosque. La ninfa del riachuelo era el nombre que Bouez había puesto a su cuadro. Nunca se vio ninfa más bonita; no era posible pedir más al arte ni al humano ingenio; aquella mujer era idealmente bella, con esa belleza delicada que tan bien sabe expresar la pintura moderna. Sus cabellos de oro caían desparramados sobre la curva exquisita de los hombros, y los finos y largos perfiles del cuerpo se destacaban con incomparable gracia y maestría en el fondo verde de la tela. En sus ojos azules como el zafiro brillaba el pensamiento y debajo de aquella carnación tan llena de vida, casi se veía correr la sangre. Un capricho del pintor le había puesto en el seno izquierdo un lunarcito color de rosa que resultaba muy cuco. Todos corrían a estrechar la mano del joven maestro llenándolo de alabanzas que éste recibía visiblemente satisfecho y con una modestia no fingida que le estaba muy bien.

—Mi querido Bouez —dijo de repente la voz sonora del príncipe Savinow—, sois un gran pintor y habéis hecho una maravilla; pero es mucha lástima que estas mujeres tan lindas sólo vivan en las paletas de los grandes maestros, que se ven obligados a servirse de distintos modelos para llegar a obtener un conjunto perfecto.

—Os equivocáis, príncipe —replicó Bouez—; la Naturaleza, esa artista sin rival, sabe hacer cosas tan bellas y perfectas que ningún pintor en el mundo, así resucitara el mismo Apedes, es capaz de igualar. Sin ir muy lejos, puedo citaros un ejemplo; este cuadro no es más que un retrato, retrato fiel de una parisiense.

—¿Es posible? —exclamó el ruso sorprendido.

—Y tan posible.

—¿Es decir que la mujer que os sirvió de modelo es en un todo semejante a esa ninfa?

—Es mucho más bella aún.

—¡Cáspita! ¿Y el lunarcito rosado?...

—No es una fantasía; lo tiene la modelo.

—¿Y sería pecar de indiscreto preguntaros quién es esa mujer?

—Siento mucho no poder contestar a esa pregunta; yo mismo no lo sé.

—¡Cosa rara! No conocéis a una mujer que os ha servido de modelo.

—Cosa rara, en efecto.

—Pero habéis dicho que es parisiense.

—Sí;  es lo único que he podido averiguar.

—Se trata, pues, de una misterio.

—Misterio o cosa así, cuando menos de uno de esos lances curiosos de la vida de París.

Poco a poco se había ido formando un círculo alrededor de ambos interlocutores, y todos parecían ansiosos de oír de labios del maestro la picante anécdota que parecía deber resultar de la conversación entablada.

—Contadnos cómo ha sido eso —dijeron varias voces en coro. Bouez Se acercó a un velador cubierto de copas y garrafitas de cristal llenas de vinos exóticos, y después de tomar un cigarro de La Habana de una caja abierta, lo encendió y fue a apoyarse en una mesa de estilo Renacimiento, preciosamente labrada. Cada cual se fue arrellanando, para escuchar con más comodidad, en los sillones de tafilete y divanes orientales que adornaban el taller en artístico desorden.

—El invierno pasado —comenzó a decir el pintor entre dos bocanadas de humo— tuve el antojo de hacer el retrato de Rosita Mauri, la bailarina española con el gracioso traje que saca en la Farándula. Ella se prestó gustosa a mi deseo y la obra fue adelantando con mucha rapidez; el conjunto me tenía satisfecho, pero había un detalle, un pliegue picaresco de la boca que no me era posible reproducir; por momentos era tanta mi impaciencia que sentía deseos de arrojar mis pinceles por el balcón. Un día se me figuró que ya iba a triunfar de la dificultad. ¡Sí, casi era eso; otro movimiento imperceptible de la mano y el plieguecillo rebelde quedaba fijado sobre la tela! En este instante abrió la puerta Francisco, mi ayuda de cámara, me distraje y todo se lo llevó el diablo. Ya pueden ustedes suponerse de qué manera le recibí. Traía recado de una joven que deseaba hablar conmigo de un asunto de la mayor importancia, y que se había negado a dar su nombre. Al principio rehusé verla, pero Rosita abogó con tanta gracia a favor de la desconocida, que me dejé ablandar.

Me encontré con una mujer joven, vestida de riguroso luto y cubierta la cara por un largo y tupido velo negro.

—¿Es al pintor Bouez a quien tengo el honor de hablar? —me preguntó con una voz muy dulce, pero en cuya vibración se traslucía una impaciencia contenida.

—Yo mismo soy, señora. Si tenéis algo que decirme, os ruego que sea pronto, porque tengo mucha prisa.

—Seré breve —prosiguió ella—; yo tampoco tengo mucho tiempo que perder. Hace solamente ocho días que murió mi pobre madre, señor Bouez, y ay he recibido dos veces la visita de la justicia que se empeña en quererse llevar los restos de nuestra miseria. Necesito dos mil francos para salvar los pobres recuerdos de mi madre, y he pensado en vos para obtenerlos.

Le contesté que no tenía inconveniente en favorecerla, pero que debía tener en cuenta que dos mil francos son ya una suma de consideración.

—Veo que no me habéis comprendido— repuso ella con el mismo acento dulce y breve—; yo no he venido aquí a pedir una limosna, sino a proponeros un arreglo en que tal vez no seré la más favorecida.

—¿Un arreglo? Veamos cuál es y si me conviene.

—A cambio de los dos mil francos que necesito os serviré de modelo para un cuadro—. Al decir esto levantó el crespón que la cubría, quedándome yo pasmado ante esa cara divina— y el pintor señaló la de la ninfa.

—Sois en verdad muy hermosa —dije después de contemplarla un rato —, pero nosotros los pintores no tenemos por costumbre contentarnos con sólo ver la cara de nuestros modelos, y no sé si esto puede conveniros.

Las mejillas de la joven se cubrieron de rubor y me pareció que vacilaba.

—Bien está —replicó en seguida con ademán resuelto—; al venir aquí ya sabía lo que se me esperaba; me veréis toda, y si la reproducción de mi cuerpo os parece valer los dos mil francos, me los daréis mañana mismo, porque después ya sería tarde.

—Convenido.

—Volveré mañana.

—Hasta mañana, pues; venid temprano, a las ocho.

La bailarina me preguntó con interés por el resultado de mi entrevista con la joven y yo se lo referí, pareciéndole muy divertido. Eché mano del pincel con nuevo ardo y por fin pude atrapar el maldito pliegue. AL día siguiente llegó la muchacha a la hora convenida; traía los ojos muy llorosos. Al verla casi estuve tentado a ponerle los dos mil francos en las manos y decirle que se marchara, pero ella me desconcertó por la manera resuelta con que hizo ademán de comenzar a despojarse de sus ropas; temía sin duda que le faltara el valor. La conduje a un gabinete que está detrás de ese tapiz de Persia, y a los pocos minutos reapareció temblando de vergüenza y radiante de hermosura; en su carita de virgen se leía el sufrimiento que le causaba el sacrificio del pudor. ¡Qué angustiosas debían de ser las circunstancias que así la obligaban a exponer su cuerpecito desnudo a la mirada ofensiva de un desconocido!

Tuve lástima de pobre niña y le ofrecí que se fuera, llevándose el dinero.

—Quiero ganarlo —me contesto con firmeza—; yo no recibo limosna.

—Esta es, señores, la historia verdadera del origen de ese cuadro —continuó Bouez—; uno de los tantos lances originales que presenta esta vida endemoniada de París, y que varían desde la más negra infamia hasta el heroísmo más sublime.

—¿Y tampoco sabéis el nombre de esa mujer? —preguntó de nuevo con interés el príncipe Savinow.

—Sé que se llama Luisa; en cuanto a su apellido nunca me lo quiso decir, haciéndome prometer, además, que no trataría de saber quién era ni dónde vivía.

—Promesa que no habéis cumplido, por supuesto.

—Al contrario, promesa que he cumplido religiosamente.

—Sois un modelo de galantería, mi querido Bouez —dijo el ruso en tono jovial—; yo hubiera prometido, pero en cuanto a cumplir, ya es otra cosa.

Como se iba haciendo tarde fueron desfilando todos, muy contentos de tener una curiosa anécdota que llevar a los más elegantes boudoirs de París, donde sería discutida y comentada. Cuando ya no quedó nadie, el príncipe Savinow se acercó a Bouez y mirándolo fijamente le dijo:

—Dadme vuestra palabra de caballero de que cuanto nos habéis referido con respecto a esa mujer es la pura verdad.

—¿Dudáis? —replicó el pintor amoscado.

—No tal; pero es posible que delante de tanta gente no hayáis querido decirlo todo, y he pensado que tal vez no tendríais inconveniente en confiármelo a mí solo.

—Lo siento mucho, pero no puedo añadir una palabra más a lo que ya he dicho.

—¿Palabra de caballero?

—Palabra de caballero.

Y el príncipe se marchó después de sacudir cordialmente la mano de su amigo el pintor Bouez. El tan príncipe Savinow era un tipo curioso de eslavo excéntrico; dueño de una fortuna colosal tenía la idea de que nada en este mundo resiste al atractivo fascinador de los billetes de banco; y en esto preciso es confesar que no andaba muy descaminado. Entre oras manías extravagantes, una le había hecho célebre en San Petersburgo. Todos los años y a la misma época se aparecía en aquella ciudad con una nueva querida, que forzosamente había de tener alguna cosa rara. Unas veces era una japonesa de amarilla tez y pómulos salientes, otras una bayadera india o una esclava marroquí. Pero agotado que hubo la lista de los países exóticos, preciso le fue dedicarse a buscar sus ejemplares raros en Europa. A esta causa obedeció el rapto de la Soledad, una gitana de Sevilla que bailaba tango en el circo de verano, y otras calaveradas ruidosas que pronto lo colocaron a la cabeza de los más famosos trapisondistas europeos. Desgraciadamente cada año se le dificultaba más el encontrar a una mujer que reuniera las condiciones necesarias para mantener su fama a la misma altura. Íbase agotando el ramo y ya se acercaba el tiempo en que debía llegar a San Petersburgo, según su costumbre, con el nuevo tesoro descubierto, sin que nada hubiera podido hallar. ¿Habría llegado el día de renunciar a su triunfo anual? Si este fuera el caso ¡qué vergüenza para él! Y el príncipe se mataba buscando por todo París lo que tanta falta le hacía.

Lo que Bouez había relatado en la tertulia fue para él un rayo de luz y esperanza. ¡Qué triunfo si lograba llevarse aquella beldad maravillosa! Una perla nacida en París y descubierta por él. ¡Eso sí que era nuevo!

—Vamos —se dijo el príncipe al bajar las escaleras de la casa de Bouez—, o yo he de poder muy poco o me llevo la ninfa a Rusia.

Al día siguiente, estando todavía el pintor en la cama, recibió una esquelita concebida en estos términos: «Mi querido Bouez: Haréis de mí el hombre más feliz de la tierra enviándome con el portador una fotografía de la cabeza de La ninfa del riachuelo. Os  lo agradecerá eternamente— El príncipe Savinow.»

Ya tenemos al príncipe en campaña, pensó el maestro mientras ponía dentro de un sobre lo que su buen amigo y mejor cliente le pedía.

***

Pasó una semana sin que el pintor volviera a saber del príncipe. Una mañana que había salido a dar un paseo por el Bosque de Boloña, al llegar cerca del pabellón chino sintió un galope precipitado. Miró hacia atrás y contuvo su caballo al ver a Savinow que avanzaba a revienta cinchas haciéndole señas de que le aguardase.

—Amigo Bouez —le gritó desde antes de llegar—, me alegro mucho de veros. Ya sé quién es la ninfa. Carillo me ha costado, pero al fin lo he podido averiguar.

—A la verdad que se necesita ser tan afortunado y rico como voz para lograr descubrir a una muchacha en París, sin más dato que una fotografía.

—Nada se le dificulta al que puede pagar cada cosa según su valor o el que le quieran dar. En cuanto llegó a mis manos la fotografía que tuvisteis la amabilidad de remitirme, me fui con ella a una de esas agencias que viven de averiguar los secretos ajenos. —Buscadme, les dije, a la dueña de esta cara; se llama Luisa y vive en París; ya sabéis que pago bien—. Cuatro días después supe que la ninfa se llama Luisa Lambert, por otro nombre Lulú, y es una costurera muy honradita.

—¿Qué más?

—Sin pérdida de tiempo fui a verla y le ofrecí un capital por que se marche conmigo a San Petersburgo.

—¿Y bien?

—Nada, que me echó a la calle con cajas destempladas.

—¿Qué pensáis hacer?

—Doblar mi oferta.

—¿Y si también la rechaza?

—La triplicaré; estoy dispuesto a llevarme a esa muchacha.

—Sois un demonio, príncipe, un demonio de oro. ¡Pobre Margaritas!

***

El príncipe dobló, triplicó y cuadruplicó su oferta. Siempre la misma negativa. El escéptico calavera comenzaba a dudar por primera vez en su vida de la omnipotencia del oro.

Volvió a casa de la muchacha que rara vez salía de su buhardilla, resuelto a desprenderse de la mitad de su riqueza si era preciso.

—Perdéis el tiempo, príncipe —le contestó ella. —He jurado morir honrada y no tenéis bastante dinero para hacerme vuestra querida.

—Y yo he jurado a mi vez, encantadora Lulú, llevaros a Rusia y no he de economizar medios para conseguirlo.

—Pues yo solo conozco uno.

—¿Cuál es?

—Hacedme princesa.

Diez días después publicaba El Figaro la siguiente gacetilla:

 

«El príncipe Vladimiro Savinow, tan conocido y apreciado en la alta sociedad parisiense, acaba de poner punto final a su vida borrascosa, casándose con una linda costurera de Batignolles; hoy mismo han salido los nuevos esposos para San Petersburgo. Detalle picante: la señorita Luisa Lambert, hoy día princesa Savinow, sirvió de modelo al afamado pintor Bouez para su magnífico cuadro La ninfa del riachuelo, el cual ha sido comprado por el príncipe ruso en una suma fabulosa.»


Y así fue como la señorita Lulú, costurera de Batignolles, vino a ser la princesa Savinow.