Lolita

I

Al salir antes de la hermosa sala del Teatro Real, aburrido de ver desfilar capuchones y corbatas blancas durante toda una noche, había jurado, allá para mis adentros, que no volvería a poner los pies en un baile de máscaras. Con todo, me apresuré a aceptar el asiento que en su palco me brindaba un amigo doce meses después y en ocasión semejante. Para el que una vez ha estado en un baile de máscaras, no tiene este espectáculo famoso más atractivo que el de la aglomeración y bullicio de las gentes; lo demás es completamente insulso. Muy lejos están los tiempos en que a favor de una careta se corrían aventuras y forjaban intrigas de las que solían resultar la caída de una duquesa en manos de un estudiante, la revelación de un secreto de Estado y a veces también una puñalada. El carnaval está muerto en todas partes y lo que de él nos queda no es más que un remedo, como si dijéramos su propia máscara. Sin embargo, los bailes en que se lleva la cara oculta por una tira de raso son todavía uno de los ensueños favoritos de la juventud; en París, el primer capricho que satisface una recién casada, es el ir con su marido al baile de la ópera, el más fastidioso y tonto de cuantos se pueden ver.

Madrid es una de las ciudades donde con más fervor se conservan los restos del carnaval, sobre todo los bailes públicos de máscaras. Varios son los teatros que ofrecen anualmente esta diversión, entre otros el Real, cuyo primer baile es un acontecimiento de grande importancia, a que ninguno que pretenda seguir el movimiento que llaman mundano deja de asistir, así lluevan rayos y centellas, o nieve con el vientecillo de Guadarrama, que es peor. A la media noche comienza el baile, que lo es en el nombre solamente, pues no se baila por lo general. Todo se reduce a rebullirse con mucho trabajo en medio de los fraques y dominós que inundan la platea unida con el escenario, en cuyo extremo se halla encajonada la orquesta, sin que sus valses soñadores y polkas vivarachas, logren sacar a los asistentes de la fría y amanerada circunspección que les imponen el buen tono y la presencia de las damas aristocráticas encastilladas en sus palcos.

Después de recoger una buena cosecha de pisotones y codazos, fui a refugiarme en el palco de mi amigo. Allí me encontré con una brillante reunión en que no escaseaban los buenos palmitos ni las botellas de champaña. Reinaba la más franca alegría a favor de los discretos cortinajes que velaban el antepalco, poniéndose así a cubierto de la curiosidad de los chismosos de ambos sexos, que suelen ser muchos en esta clase de diversiones. El palco estaba muy favorecido; a casa instante sonaba un golpecito en la portezuela, descorríase el cerrojo y adelante, nuevas máscaras.

—¿Me conoces?

—Sí, tú eres Pepa.

—¡Uy! Y qué poco olfato tienes; soy Concha, hombre, Conchita. ¡Míra que llamarme Pepa!

—Perdone usted, princesa, y vaya una copa para esa boquita.

—Venga… ¡A su salud, buen mozo!

—Gitana, retrechera.

Y seguían los dicharachos y las risas, en medio del trincar de las copas y el estallido de los corchos y los besos. Se marchaban aquellas y luego venían otras que todos conocíamos, las de siempre, las de todos los días, apenas desfiguradas por el dominó y la careta de raso. La escena que en un principio divertía acababa por convertirse en empalagosa, a fuerza de ser siempre la misma. Concluí por dejar el antepalco, yendo a parar a una butaca desde la cual podía observar la sala a mi sabor. Eran próximamente las tres de la madrugada, hora en que tienen por costumbre retirarse las damas encopetadas que anual y religiosamente cumplen con el deber de aburrirse durante tres horas en el baile del Real. El ruido de las francachelas de que era teatro varios antepalcos se iba haciendo más notorio, y algunas parejas comenzaban a dar señales de impaciencia, cada vez que de los pitos trasnochados de la orquesta salía una polka retozona de Farbach. Una que otra máscara andaba por allí enredando con voz de falsete en medio de los grupos que formaban los hombres, muy tiesos y espetados en sus fraques negros; y con agradable disonancia se percibían de vez en cuando los brillantes colores de un dominó caprichoso, o la nota clara y chillona de un pañolón de Manila. Hubo un momento en que todos bajaron precipitadamente al salón; una pareja se había atrevido a bailar, luego otra y otra, y por fin todas, con entusiasmo, con rabia, como para tomar desquite de las horas en que había sido preciso guardar compostura y seriedad. Los violines se contagiaron, lanzando alborozados sus notas agudas, y un aire tibio y voluptuoso, impregnado de esencias femeninas, el aire de los bailes, se desprendía a bocanadas de aquella multitud de locos.

Habíame quedado solo en el palco y ya estaba pensando en aprovechar esta ocasión para escaparme, cuando el chas chas de un abanico me hizo volver la cabeza. Cerca de mí estaba una mujer, una mujer joven y bonita; esto lo adiviné a pesar de la careta que conservaba puesta. La posición que había tomado en la butaca parecía indicar cansancio; la cabeza echada hacia atrás se apoyaba en la pared, y los delicados contornos del cuerpo estirado a la larga, se marcaban en el dominó de raso negro que lo cubría, por cuya extremidad asomaban los pies pequeños y estrechos. La careta dejaba entrever un pedacito de garganta, blanco como la nieve.  Sin podérmelo explicar, aquella mujer me interesó desde el momento en que la vi. Traté de reconocerla, pero en vano. ¿Quién podría ser? ¡Bah! Ninguna duquesa a buen seguro; una de tantas probablemente. Pero en este caso yo debía de conocerla y a no dudarlo era la primera vez que me encontraba con ella. Mi curiosidad iba en aumento a medida que las suposiciones se multiplicaban en mi imaginación. ¿Habría dado yo acaso con la aventurilla que todos soñamos cada vez que volvemos a una baile de máscaras bien provistos de renovadas ilusiones? ¿Sería aquella mujer casada en busca de consuelo, o la colegiala traviesa que salta por los balcones? Nada, nada, fuera tonterías y a preguntárselo a ella misma. El hecho de hallarse tranquilamente instalada en el palco probaba desde luego que no podía ser desconocida para mis amigos o cuando menos para nuestras compañeras de placer. Ella no parecía cuidarse de la atención con que yo la miraba y seguía abanicándose con ese movimiento cadencioso, lleno de gracia y elegancia, cuyo secreto pertenece a la mujer española.

—Mascarita —dije aproximándome a la desconocida—, me parece que te han dejado sola.

Después de mirarme al través de la careta me contestó con marcado acento andaluz:

—Eso mismo me parece a mí. ¿Y tú? ¿No bailas?

—Muy poca gana tengo de hacerlo. Prefiero irme a la cama.

—Vamos, que en todo estamos conformes. Si no fuera por esa loca de Asunción ya estaría durmiendo. Pero nada, está propuesta a no marcharse de aquí en toda la noche y yo… ¡qué aburrimiento! —y se tapó la careta con el abanico como para ocultar un bostezo.

—Pues bien, mascarita; ya que los dos nos fastidiamos, ya que ambos estamos solos, consolémonos mutuamente y para comenzar enséñame esa carita de cielo.

—¡Jesús, y qué pronto arreglas tú las cosas! ¡Caramba con el hombre!

—Estoy seguro de que al verte se me va a quitar el sueño y el fastidio y…

—Y la gana de volverme a ver —interrumpió ella con una risa fresca.

—No me hagas penar más tiempo, mascarita. ¿Cómo te llamas?

—Lola

—Me gusta el nombre. Lola, Lolita hechicera, déjame que te vea; quítate esa careta, ingrata.

—Cuando me veas la cara ya no me vas a querer; no sabes bien todo lo fea que soy.

—¡Fea tú? Embustera, mala sombra.

Y al decir esto me iba acercando más y más, lleno de emoción y curiosidad.

—¡Jesús… qué hombre! —exclamó ella con zumba, al propio tiempo que se arrancaba la careta con un movimiento rápido, volviéndosela a poner en seguida.

¡Qué bonita era! Una carita encantadora; ojos grandes y obscuros, boca encarnada y dientes muy blancos; estos fueron los únicos detalles que pude atrapar; y si a esto se añade lo que a la vista tenía, su fino y bien calzado pie y sus manecitas delicadas, se verá que el conjunto era delicioso. Para mí la mujer comienza en la mano y en el pie; el resto viene después.

—Lola, Lola —llamó una voz desde el pasillo. Descorrí el cerrojo y entró Asunción muy sofocada. Detrás de ella venían mis compañeras de palco en muy buena compañía.

—Chiquilla, vente, vamos a cenar a Fornos. Date prisa, que es muy tarde. Este caballero tendrá mucho gusto en ofrecerte el brazo— añadió dirigiéndose a mí.

—Asunción me ha adivinado el pensamiento —díjele—; tendré mucho, muchísimo gusto en que seas mi pareja, mascarilla.

—Zalamero —me contestó ella agarrándose del brazo que le ofrecía.

Julián nos había reservado uno de los mejores gabinetes de Fornos, como a buenos clientes que éramos suyos. En tanto que se hacía la lista y nos instalábamos, interrogué a Asunción con disimulo acerca de Lolita. «Es una chica monísima, que viene llegando de Granada», fue lo único que supo contestarme. Al tomar asiento en torno de la mesa, sobre la cual nos esperaban las rizas ostras del Cantábrico y la ensalada rusa, cayeron las últimas caretas, obteniendo mi vecina un triunfo. En menos de un minuto le llovió todo el repertorio de piropos andaluces, tan en boga hoy en día. Pasado el primer chaparrón de oles, y bendiciones, comenzó la granizada de preguntas y pullas.  «¿Dónde había descubierto aquella alhaja? ¿Estaría yo pensando acaso que tan rico bocado había de ser para mi solito?» Y por el estilo.

—Señores —gritó dominando el bullicio—, conozco a mi encantadora vecina tanto como vosotros; mejor dicho, no la conozco. Solamente sé que se llama Lolita y que viene de Granada.

—¡Olé por Granada! —contestaron todos en coro.

—Ea, señores, a cenar —añadí al ver que las mujeres allí presentes comenzaban a impacientarse por tanta admiración tributada a una sola.

El dorado y frío champaña llenó las copas y el choque alegre de los tenedores vino a recordarnos que llevábamos algunas horas de ayuno. Un ruido de palmas y guitarreo proveniente del gabinete vecino, aumentaba la algazara que no era poca. Se charlaba por los codos; y mi vecinita, armada de su picante cháchara andaluza, llena de imágenes, hacía frente con mucha gracia a las embestidas de que era objeto a cada instante. Sin embargo, cierta timidez mal encubierta por un desparpajo más fingido que verdadero, indicaba a las claras que no era todavía muy ducha en el movido y extraño género de vida que había adoptado. La cena se prolongó hasta el día, cuyos pálidos reflejos invernales penetraron por entre las cortinas, apagando el amarillo resplandor de las velas. Había llegado la hora de recogerse.

A la puerta de Fornos no faltan nunca coches y cocheros trasnochados para uso de los noctámbulos; acercóseme uno de ellos y me ofreció su berlina. El frío que toda la noche había sido intenso apretaba de firme, y un vientecillo como puntas de alfileres penetraba sin compasión por entre capas y gabanes. Lolita se puso de un salto dentro del coche.

—¿A dónde vamos? —pregunté— ¿A tu casa?

—No, allí no —respondióme con un sobresalto que no pudo disimular y me llamó la atención.

—A casa —dije al cochero que conocía las señas de la mía por haberme servido otras veces, al par que me acomodaba junto a la hermosa granadina.

Ella tiritaba debajo del ligero dominó, incapaz de preservarla del frío. El coche salió rodando, arrastrado por el infeliz jamelgo que había pasado la noche entera fuera de la cuadra. Por la entonces desierta Calle de Alcalá comenzaban a retirarse los serenos, presurosos y bien arropado en sus gruesos y lanudos chalecos, con la faja de cuero atestada de llaves y cubierta la cabeza por la gorra de piel; las cuadrillas de barrenderos desfilaban tristemente con la escoba al hombro, haciendo resonar sobre el pavimento sus zapatones claveteados, y las burras de la leche sacudían en monótono campanilleo las esquilas colgadas a sus cuellos.

Llegamos. Sobre el mármol de la chimenea de mi salita de soltero, ardía una lámpara que noche a noche me dejaba allí el viejo Paco, mi buen criado. Avivé la luz después de echar sobre una silla el gabán de pieles que me cubría. Un resto de aire tibio templaba la habitación. Ella se había quedado parada en medio de la sala.

—Ven —le dije, tomándole la mano y llevándola hacia el espejo que descansaba sobre la chimenea; —voy a mostrarte la mujer más linda que han visto mis ojos.

Sin responderme nada miró sonreída y satisfecha su primorosa figura, reflejada en el cristal. ¡Bien sabía la muy tuna que era muy cierto lo que yo decía! Luego, con mucho despacio fue sacando los botones del dominó mientras que en pie detrás de ella esperaba yo el momento de quitárselo. De pronto apareció el cuello, delicado, blanco, un cuello hecho a torno, sobre el cual aleteaban algunos rizos de sus cabellos castaños. ¡Qué delicia! Apoyé mis labios secos de deseo en aquella nuca tersa, aspirando embriagado de placer la fragancia de la carne tibia y olorosa.

 

II

Hasta aquí la historieta vulgar, lo de todos los días, una de tantas escenas de la vida holgazana y sensual de Madrid, la pasioncilla de veinticuatro horas, olvidada en seguida por otra igual. Lo inaudito, lo increíble era lo que estaba pasando con aquella muchacha de veinte años, bella como Venus, y con todos los ardores del sol de Andalucía corriéndole por el cuerpo. Yo estaba enamorado, sí señor, yo, el escéptico, enamorado hasta las telillas. ¿Y ella?... Nada, que al día siguiente cuando la vi pronto a marcharse, envuelta en su mantilla negra, se me partió el corazón. La cogí entre mis brazos y cubriéndola de besos le dije: No, mi alma, tú no te irás de aquí; quédate hasta mañana siquiera—. Y al día siguiente la misma escena, y pasaban días y Lolita allí conmigo, siempre juntitos, porque yo no salía a no ser con ella, de noche, para irnos a ocultar en el fondo de un palco de Apolo o de la Zarzuela. A nadie recibía y hasta mis amigos más íntimos se topaban en la puerta con la consigna de que el señorito no estaba en casa. El viejo Paco refunfuñaba y ponía mal gesto; su obstinado silencio era como una protesta muda contra la intrusa que osaba ingerirse en sus atribuciones, porque Lolita se había propuesto volver la casa del revés, y yo me derretía de gusto cuando ella andaba por ahí trasteando y metiendo bulla, mientras que bien arrellanado en mi butaca favorita, iba echando cigarrillos uno tras otro.

Dos semanas hacía que llevábamos este género de vida, dos semanas que a mí se me figuraban dos días. Lolita a quien yo solía llamar Dolores, prefiriendo ente nombre sonoro y castizo a su diminutivo, sólo había salido dos veces durante este tiempo a sus quehaceres. En ambas ocasiones volvió pensativa y acongojada. Yo la interrogué, pero nada respondió a mis preguntas, tampoco quiso darme las señas de su casa, pretextando que era muy fea y que en ella no podía entrar un señorito de tantas ínfulas. En cuanto a su vida se mostró desde un principio muy comunicativa; era la misma historia de otras muchas. No sabía quién era su padre; desde muy niña, siempre la miseria, el hambre. Una noche, su madre la hizo lavarse, la vistió lo mejor que pudo y le mandó seguirla. Luego una callejuela, un portal obscuro cerrado por una mampara, y por último una infamia. Después la vida azarosa del vicio, hasta que un día huyó de Granada y se vino a Madrid con uno.

Aquella pobre niña lanzada al fango desde muy temprano, poseía, sin embargo, una delicadeza de sentimientos y aun de forma, muy ajena a la esfera baja y viciosa en que se había criado. Tal vez era preciso buscar la razón de esta anomalía en la influencia de un padre desconocido, en una de esas manifestaciones del atavismo que son un misterio. El hecho existía y esto me bastaba. Algunos buenos ejemplos y el roce constante con gentes cultas, acabarían de pulir su naturaleza sensible y tan bien dotada de la facultad de asimilarse lo bueno. Yo me desvivía por afinar más y más la joya con que la fortuna me había hecho tropezar; y cuando notaba un progreso, cada vez que aparecía una faceta nueva, un orgullo semejante al del artista triunfante se apoderaba de mí. Quise verla adornada con todos los recursos de la elegancia y el buen gusto, y era cosa de admirar como sus manecitas de duquesa se iban puliendo, y lo bien que estaba su cinturita de avispa en los trajes de la modista parisiense.

Tras de una serie de días desapacibles y fríos, vinieron otros más templados y llenos de sol, de ese sol de España tan claro y brillante que aun en los más crudo del invierno tiene siempre una buena provisión de rayos bien calentitos. Nos íbamos entonces al Retiro, a la hora en que no hay nadie, por la mañana, a tomas un baño de sol y de luz por las desiertas calles, que sus hileras de árboles enclenques y desnudos sombreaban apenas. Si volvía la oscuridad y la nieve, nos quedábamos al lado de la chimenea bien provistos de leños, charlando amorosamente, mientras caían en tropel los copitos blancos que iban luego a fundirse en el lodo de la calle.

Lo que a mí me estaba pasando no era un misterio para mis amigos; cómo habían podido averiguarlo, no lo sé; pero lo cierto es que se hallaban perfectamente al tanto de mi encierro y hasta tenían conocimiento de mis escapatorias estudiantiles, y ¡horror! de los paseítos sentimentales y matutinos! ¡Cómo se reirían de mí! Pero esto me tenía sin cuidado; yo me sentía revivir al contacto de aquella mujer tan seductora y llena de ardiente juventud. Las cosas que antes se me figuraban ridículas y necias, me parecían ahora naturales; y a impulsos del amor que me ahogaba, renacían en mi corazón ternuras y delicadezas de adolescente. Ella se dejaba querer con mohines de reina. ¡Reina; vaya si era! Reina de hermosura, digna de llevar una corona de perlas y rubíes en su frentecita real.

—Mira —solía decirme a menudo con su media lengua andaluza—; yo no he nacido para la vida que hasta ahora he llevado; esta otra me conviene mucho más. Aquí metida entre estas cuatro paredes, bien quietecita y con una maridito así como tú. ¿Por qué no me conociste antes, cuando vivía allá en Granada y era buena todavía?

Y yo me quedaba largo rato embebecido y pensando en que tenía razón. ¡Qué felices habríamos podido ser! Nos hubiera echado la bendición el señor cura, y nadie, nadie en el mundo habría tenido una mujercita tan linda como la mía. Una noche que fuimos a ver un estreno en Apolo, sucedió una cosa de que aún guardo muy claramente el recuerdo. Veníamos saliendo estrujados en medio de las dos filas que forman los hombre a la puerta de los teatros para ver salir a las mujeres, cuando de improvisto, ya cerca de la puerta, sentí temblar su brazo y me pareció que se estrechaba contra mí; al propio tiempo observé que un individuo, cuya tras tanto podía ser la de un torero como la de un cantaor de café, nos miraba fijamente, casi con insolencia —¿Quién es ese hombre? —le pregunté en voz baja. —No lo conozco —me contestó ella con un acento en que se traslucía la mentira. Durante el resto del trayecto no cambiamos una palabra más. Ésta fue la primera sombra que vino a empañar la claridad de mi cielo.

Durante los días que siguieron a este acontecimiento, no pude dejar de pensar en el hombre que se había atravesado en nuestro camino a la salida de Apolo. Me parecía estarlo viendo, con su cara afeitada y cínica, y el sombrero de ala tendida ligeramente inclinado sobre la oreja. La mirada de aquel hombre tenía un no sé qué amenazador que me inquietaba. Hubiera dado mucho por aclarar el punto y saber quién era, pero aunque tenía la seguridad absoluta de que Lolita lo conocía, una especie de escrúpulo indefinido me cerraba la boca.

Llegó por fin un día en que no fue posible excusarme de salir; debía ir con precisión a una comida que daban unos parientes míos. Lolita trató de impedírmelo con una insistencia que acabó por meterme en curiosidad. Yo procuraba convencerla ofreciéndole volver temprano, pero no valían razones. «No vayas« y «no me dejes sola» era lo único que me sabía responder. Y en verdad que se necesitaba mucha energía para resistir a los mimos con que acompañaba sus ruegos. La comida se me hizo interminable y más aún el palique de digestión que se prolongó hasta las once de la noche, hora en que salí disparado para mi  casa.

Tenía ansia de encontrarme a su lado, pareciéndome que no la había visto en un año. Trepé las escaleras saltando los peldaños. Una vuelta del llavín y ya sólo me separaba de ella el espeso de la puerta. Me detuve un momento para tomar resuello… Allí estaría, bien arrebujada en las sábanas, con sus magníficos cabellos castaños desparramados sobre las almohadas blancas y sus ojazos pardos entornados por el sueño… Es preciso no meter ruido para robarle un beso de su boquirrita fresca… Ya rueda silenciosa la puerta sobre sus goznes… ¡Qué rico olor! Iris de Florencia, el suyo… ras, una cerilla… ¡Maldición! ¡No está!

Me lancé por las habitaciones llamándola; una congoja horrible me oprimía el pecho y un nudo me apretaba la garganta. A mis voces acudió el viejo Paco soñoliento y malhumorado.

—¿Dónde está? Dime dónde está? —le grité sacudiéndolo por el brazo.

—Se ha marchado, señorito, se ha marchado con un hombre, con un tipo.

—¿Qué hombre es ese? Responde.

—No lo conozco; parecía un torero. Ya sabía yo que era pájara le daría un disgusto al señorito.

—Calla. ¿Cómo ha sido eso? Dilo pronto.

—Nada; que a poco de marcharse el señorito, vino aquí ese hombre…

—¿Y tú le dejaste entrar?

—No; yo traté de impedírselo, pero ella salió a las voces. Todo fue verla que se puso como loco, tratándola muy mal alborotando la casa… Nada, que se la llevó sin darle tiempo tan siquiera para coger un mantón.

—¿Y ella?

—Ella parecía una muerta, pero no hizo por donde quedarse.

—¿Y dices que ese hombre parecía un torero?

—Torero o cosa así; tenía muy mala facha.

Ya no era posible dudar. Se había marchado con otro y ese otro era el hombre del teatro Apolo; me lo decía el corazón. Entré lentamente en la alcoba, me eché sobre la cama, impregnada aún de la fragancia de su cuerpo, y allí, abrazado de una almohada, lloré como un niño.

 

***

Nada hice por donde buscarla ni quise saber más de ella. Tanta ingratitud me había descorazonado. Trascurrieron algunos meses sin que pudiera olvidarla. Un día recibí una carta; era suya. Deseaba verme, explicarme; había también una frase de amor que me enfureció. Hice mil pedazos el papel. Busqué de nuevo a mis amigos; comenzaron otra vez las orgías. Pasó un año y otro, y ya su recuerdo era apenas una sombra en mi corazón. Volvió febrero y con él el carnaval y los bailes de máscaras.

 

***

Hoy es el primero del Real; mucho cuidado con faltar. No por cierto, no faltaré. Y a eso de la media noche, bien embozado en mi capa para no pillar una pulmonía, me encamino hacia el regio coliseo, cortando por unas callejuelas.

—Caballero —dijo cerca de mí una voz dulce y triste que me hizo estremecer. Me volví sobrecogido. A dos pasos estaba una mujer vestida con el mantón y pañuelo de las chulas. Un rayo del vecino farol le caía sobre la cara. ¡Cielos! ¡Lolita!... ¡Sí, es ella! La misma Lolita, siempre hermosa, pero ajada y envilecida. Eché a correr por la calle abajo, sin darme cuenta de lo que hacía. Al volver de una esquina me detuve y miré hacia atrás.

Allá a lo lejos se destacaba a la luz amarillenta y saltona de un reverbero, la silueta de la mujer que se había llevado el último pedazo de mi corazón.