¿Neurosis?

—Juan Zamora —me respondió alguno después de mucho indagar—, un joven de buen talante que regresó de Europa hará unos seis años y que según decían era pintor o cosa así.

—El mismo.

—Pues si no me engaño vive soterrado en una hacienda, mas no sé dónde.

Armado de esta noticia vaga proseguí con empeño mis pesquisas, que a la postre tuvieron un buen resultado.  Lo del soterramiento era cierto, la hacienda tenía por nombre Los Higuerones, cerca del vecino pueblo de Escazú; mas la causa de tan extraño género de vida en un hombre como Juan Zamora, a quien había conocido en París alegre, vividor y en extremo sociable, nadie me la supo decir.

Yo abrigaba en mi corazón un leal y desinteresado cariño por el jovial compañero del Barrio Latino.  Él había sido mi piloto en el tumultuoso oleaje de la gran ciudad.  En los ocho meses que juntos pasamos en un modesto cuarto piso de la calle Gay-Lussac, me puso al tanto de las mil triquiñuelas de la vida parisiense, empeñándose muy de veras en hacerme soltar el pelo de la dehesa; armándome con sus prácticas y sutiles consejos contra las asechanzas de todo género a que allí está expuesto un joven de diez y siete años, apasionado y generoso como lo son en general los hispanoamericanos.

—Todo lo que ves aquí es farsa —solía repetir con acento burlón—.  El saludo lleno de respeto que acaba de hacerme el portero, farsa; al inclinarse puedes estar seguro de que el bribón pensaba: “Este necio es americano y por ende fachendoso; me soltará un buen aguinaldo”.  La amabilidad de las gentes, farsa; eso se gradúa en París por el número de luises que llevas en el bolsillo; y así todo lo demás.  En este país no hay quien no juegue a la última trampa.  Procura ser siempre el más listo, por no decir el más tramposo.  Los españoles nos sacaban el oro con la punta de la espada; estos pillos de parisienses hacen lo mismo a fuerza de sonrisas y cortesías.

Juan Zamora estaba dotado de un exquisito temperamento de artista y prometía ser un pintor de gran mérito.  Fue a París enviado por su padre a estudiar medicina, y en un principio hizo excelentes estudios; mas de pronto, de la noche a la mañana, trocó el bisturí  por la paleta.  “No he nacido para carnicero —contestaba cuando era interrogado sobre este punto—.  La medicina es oficio de cuervos, ¡qué asco!  En cambio el arte es delirio”.  En poco tiempo venció las grandes dificultades del dibujo.  Sus trabajos llenos de vigor y originalidad le valieron reiteradas y calurosas felicitaciones de Gervex, en cuya academia estudiaba; y ya sus compañeros y amigos le presagiaban un brillante porvenir, cuando de pronto tuvo una nueva genialidad y lo echó todo a rodar.  La cosa fue así.  Una noche volvió a casa exaltadísimo.  Despertóme, y sentándose a los pies de la cama se soltó a hablar con tal vehemencia, que al pronto creí que estaba borracho.

—Ramoncillo, he tenido esta noche una revelación.  Hasta hoy he vivido engañado, créemelo, completamente engañado, ciego.  No es la pintura lo que ha de hacer de mí un hombre célebre; ahora lo comprendo y maldigo el tiempo perdido en embadurnar lienzos y tajar lápices.  ¡Pobre de mí que me creía llamado a ser un Velázquez!  Pero esta noche he abierto los ojos, he descifrado el enigma que está prisionero aquí (golpeándose la frente)…  La música, chiquillo, la música es el arte más grande, el más sublime, digo más, el único arte, porque es el que mejor habla al alma …y yo seré un gran músico, sí, un gran músico como Wagner, que es como si dijera el rey, el emperador, el dios de todos los músicos.

Y al decir esta y otras cosas disparatadas hacía grandes gestos como de director de orquesta.

Toda aquella explosión había sido provocada por la asistencia de mi pobre amigo a un concierto wagneriano.  Desde esa noche, adiós pinceles; sumido en los intrincados laberintos del contrapunto, Juan Zamora deliraba con Beethoven.  Un suceso inesperado vino a poner punto final a su endiablada chifladura.  Su padre, informado al fin que había abandonado el estudio de la medicina, le mandó regresar inmediatamente a Costa Rica.

—Volveré, chiquillo, volveré —me decía en la estación de San Lázaro—; dentro de tres meses me tendrás aquí de nuevo y asistirás al estreno de mi primera ópera, una obra que ha de entusiasmar a los modernistas… ya verás qué revolución.  Cómo nos reiremos de la cólera de los viejos abonados que se babean de gusto al oír rascar los sonsonetes italianos.  Espero a mi vuelta encontrarte convertido; no puede ser de otro modo.  Es preciso que abras los ojos a la verdad, que te convenzas de que Verdi y demás compañeros mártires no son más que fabricantes de tonadillas para uso exclusivo de los pianos callejeros.

No volví a saber de mi buen amigo, el futuro Wagner. Dos cartas le escribí y ambas quedaron sin respuesta, mas no por eso le eché al olvido, procurando siempre obtener noticias suyas.  Un paisano, de paso por Europa, me dijo alguna vez que Juan iba a casarse.  Luego no supe más de él.          

Llegó por fin mi turno de regresar al país natal, cosa siempre buena, aunque para ello sea preciso dejar a París.  Con mi diploma de doctor en medicina en el bolsillo y contento de mí mismo, me embarqué lleno de confianza en el porvenir.  Durante la travesía, cuando llegaba la noche me echaba perezosamente en la silla larga a soñar con mi rinconcito de América, escuchando la canción de la brisa en las jarcias y mecido por el suave balanceo del barco, entre las ideas más risueñas que se me ofrecían de las cosas que habría de encontrar por acá, era una de las más gratas la de tornar a ver al antiguo compañero.

Transcurridos algunos días después de mi llegada, días consagrados al hogar y a la familia, monté una mañana muy temprano a caballo y acompañado de un guía me partí en busca del amigo.  Juan no se hallaba en casa, pero un mozo de la hacienda se ofreció a llevarme al sitio donde suponían que debía de estar.  Echamos por entre los cafetales, y después de un rato de caminata dimos con él.  Al pronto no le hubiera conocido; no era el mismo Juan Zamora, aquel mozo esbelto y lleno de arrogancia que tan buena figura hacía en el bulevar San Miguel; el hombre que tenía delante era un campesino tosco y mal trajeado.  Sólo una cosa no había cambiado en él: la mirada, siempre franca, leal, llena de inteligencia.  No hubo más que una exclamación y caímos en brazos el uno del otro.

—Ramoncillo, por acá, buena pieza —me decía entre dos abrazos con la protectora familiaridad de otros tiempos—.  No puedes imaginar el gusto que tengo de verte.  Y como notara que algunas mujeres de las que por allí estaban ocupadas en la recolección del café, añadió con su acento burlón de antaño: “Vamos, niñas, que hace mucho frío”.

Me negué a regresar a la casa, prefiriendo acompañarle en sus vueltas.  Corría el mes de enero y era tiempo de cosecha.  Las ramas de los cafetos doblegábanse al peso de sus frutos, pequeñitos y encarnados como guindas; tan maduros ya que no pocos andaban por el suelo.  “Buena cosecha, magnífica —iba diciendo Juan—; de esta ladera he de sacar por lo menos treinta fanegas de manzana”.  Avanzaba por la angosta y larga callejuela, mirando a un lado y otro con visible satisfacción, mostrándome con un gesto de complacencia los árboles más fecundos.  “¿Ves aquel pedazo, allí a la derecha?  Pues cuando lo compré, hace dos años, era un varejonal; mira ahora que bien cargadito está; pero así hubo que meterle el hombro”. 

Yo le oía charlar, sorprendido por el nuevo rumbo de sus ideas.  La última vez que le había visto su delirio era la música, y ahora me lo encontraba lleno de entusiasmos agrícolas.  Cambio tan completo tratándose de un artista genuino, parisiense, incorregible por añadidura, parecía indicar un desquiciamiento; y muy ufano en mi papel de sabio de nuevo cuño, me propuse escudriñar lo que  pudiera haber de anormal dentro de aquella cabeza que, forzoso es confesarlo, no había sido nunca modelo de equilibrio. 

En breve llegamos al lugar donde se hallaba la mayor parte de la gente ocupada en la recolección.  Unas cincuenta mujeres, con anchos sombreros de paja, y arremangadas hasta los codos, teñidos los brazos y manos por la miel del café, iban despojando rápidamente las ramas de sus frutos, echándolos luego dentro de la cesta que llevaban pendiente en la cintura. Algunos hombres y niños había también ocupados en la misma labor.

—Esta gente con tal de ir de prisa maltrata mucho las plantas —observó Juan haciéndome notar el triste aspecto de los arbustos, cuyas ramas, poco antes lozanas y cargadas de granos, pendían ahora destrozadas y mustias como si por ellas hubiera pasado la langosta.

A las diez regresamos para almorzar.   Buen apetito, buen humor, buenos guisos y vino añejo; con estos cuatro requisitos se convierte la mesa en uno de los mayores placeres.  Apetito para nosotros excelente, la hubieran despreciado muchos de seguro, por ser rigurosamente compuesta de guisos nacionales: la carne asada, los negros frijoles relucientes, el dorado plátano frito, el arroz blanquísimo y las tortillas de maíz bien tostadas.  Juan sacó de una alacena una deliciosa botella de burdeos.  “Es el único resabio de gourmet que me queda —exclamó alegremente llenándome la copa—.  El vino, Ramoncito, es amigo del hombre.  Homero lo cantó con predilección y después de él casi todos los poetas; pero ninguno mejor que el jovial y truhanesco Baltazar de Alcázar.

Durante todo el almuerzo continuó muy picotero, haciendo a ratos gala de una erudición literaria que yo no le conocía.  A eso de las doce llevóme a ver la maquinaria de la hacienda.  Se trabajaba con mucha actividad por la abundancia de la cosecha.  Las pilas donde se hace la fermentación estaban repletas de café acabado de servir del quebrador; los patios inmensos se veían totalmente cubiertos de frutos expuestos al sol, y cuyo color variaba del rojo al amarillo; pasando por el negro, según el estado de sequía que habían alcanzado.  Una vez bien secos eran llevados de nuevo a las máquinas; la una separaba las semillas de la broza, otras la limpiaban y pulían.  Por último los chorritos de grano color de pergamino, saliendo por la boca del clasificador, según la calidad y ya listos para sufrir la última operación del complicado beneficio, las cogidas.

Juan me iba detallando las diferentes funciones de la maquinaria, ponderando en términos laudatorios para los yanquis, los magníficos adelantos obtenidos en los últimos años. “Observa lo perfecto que es todo esto —me decía alzando la voz a causa del ruido ensordecedor de las máquinas—.  ¡Qué lejos estamos ya del filón de madera y de la trilla de bueyes!  Cuatro hombres bastan ahora para hacer el trabajo.  Ni siquiera necesitamos de leña porque ese motor perfeccionado se alimenta con la broza.  Con decirte que al mismísimo sol le hemos dado de mano desde que tenemos la secadora Guardiola”.  Y yo admiraba, o cuando menos lo fingía, por complacerle.  Más de una vez, desde mi llegada, había estado a punto de interrumpir sus pláticas para interrogarle sobre lo que tanto deseaba saber: el cambio extraordinario operado en su carácter, vida y costumbres.  Llegué hasta iniciar una pregunta, pero él la eludió, desviando al punto la conversación.  Esta reserva no hacía más que agujerear mi curiosidad, contenida por el temor de ser indiscreto.  A la tarde manifesté deseos de marcharme; pero Juan se opuso terminantemente a ello.  “No te vayas; no lo permitiré de ninguna manera; mandaré recado a tu casa para que no te esperen.  Quiero que me dediques el día entero.  Tenemos aún mucho que hablar, que hacer recuerdos del buen tiempo viejo, del que ya no volverá y juntos pasamos en París”.

Era demasiado seductora para mí la perspectiva de una charla íntima con el viejo amigo, para que pensara un solo instante en declinar la invitación; sin embargo, aproveché la coyuntura para imponer condiciones.

—Acepto gustoso —le dije—; pero en cambio ofréceme satisfacer un deseo vehemente y es…

—No prosigas, ya sé lo que quieres.  Ten paciencia; luego lo sabrás todo.

Fue la comida tan amena como el almuerzo.  Pasados los postres salimos fuera a tomar un café.  En el corredor de la casa nos esperaban anchos sillones de mimbre; encendimos los cigarrillos, y allí tumbados al estilo de perezosos, nos dimos a saborear con delicia el sin  rival café patrio.  En silencio mirábamos la línea ondulante de la cordillera, detrás de la cual acababa de ocultarse el sol con soberbias llamaradas rojizas.  Sobre las faldas de los montes aparecían las dehesas agostadas por la ausencia de las lluvias y los vientos de diciembre, como grandes manchas amarillosas de vegetación muerta, cortadas aquí y allá por la línea verde obscura de un cercado o la nota glauca de los cañaverales.  El día se marchaba a la carrera; pasado un cuarto de hora, del espléndido crepúsculo sólo quedaba uno que otro arrebol que se desteñía por instantes.  En la hacienda todo indicaba la proximidad de la noche.  Terminada la tarea, cada cual acudía al hogar en busca del descanso bien ganado después de la faena ruda.   Bajo el cobertizo que servía de albergue a las carretas estaba un mozo dando de comer a su yunta de bueyes con ese amor entrañable del campesino costarricense por su noble y paciente compañero de trabajo.  Armado de un largo machete descortezaba cañas de azúcar, y, después de hacerlas en trozos pequeños, las ofrecía a los rumiantes.  El gesto era el mismo del árabe que brinda la cebada a su caballo, solícito, casi respetuoso.  Al pasar, los peones nos saludaban con un “buenas tardes” lleno de afecto, a que nosotros no siempre respondíamos, embelesados como estábamos en nuestras reflexiones.  De pronto brilló una luz en un largo caserón de trabajadores, situado a corta distancia, y por una de esas extrañas ilaciones del pensamiento, el mío se trasladó de un salto a París.  Ante mis ojos puestos en el vacío, desfilaron con rapidez vertiginosos los días venturosos allí vividos en compañía de Juan Zamora, y sentí una tristeza honda y dolorosa al contemplarle tan decaído.

—Vamos, Juan —le dije con frase labiosa e insinuante— ¿qué significa este estado de salvajismo en que ahora te encuentro; esa facha indigna de un hombre como tú? ¿Ha muerto acaso en ti todo sentimiento de noble ambición? 

—Calla, calla, no me hables así. 

—¿Y por qué? ¿No es mi deber?  Estás hecho un animal; tu vida no tiene disculpa, porque es la de un imbécil y a ti te sobra el talento.  A fe que no te conozco.  ¿Has olvidado acaso que existe una Europa, donde se vive en la acepción que los hombres cultos dan a esta palabra?  Casi estoy por creer que ya no sabes ni cómo es París.

—Te engañas, Ramón.  Lo recuerdo lo mismo que si ayer hubiera pisado el asfalto de sus calles—.  Y sin tomar aliento, con la frase que le era peculiar en otros tiempos, calurosa, y vibrante, hizo surgir ante mi vista el panorama de la gran ciudad en aquella hora: la inmensa baraúnda de los coches; las anchas avenidas tachonadas de luces; el frío intenso de la calle contrastando con la atmósfera recargada de las tiendas y los cafés; el gentío retirándose a sus casas o a los restaurantes para saborear la comida suculenta y correr luego a uno de tantos espectáculos en que abunda la capital; el sordo rodar de los tranvías pidiendo el paso con su cornetilla acatarrada.  “Si estuviéramos allá —prosiguió con un poco de emoción en la voz— esta taza de café la estaríamos tomando en casa de Vachette y de fijo que no estaría tan buena, porque la habrían adulterado con chicoria; pero en cambio, a nuestro alrededor, cuánta vida, cuánta inteligencia; mientras que aquí nos hallamos como en el Arca de Noé, rodeados de animales.

—Y bien, si tú mismo reconoces que esta vida es estúpida, ¿por qué persistes en ella, malgastando miserablemente lo que te queda de juventud? ¿Quién te obliga a permanecer aquí metido como un anacoreta?  Vete para Europa, vuelve a la vida civilizada; eres rico desde la muerte de tu padre, nada te atrasa por consiguiente.

—Imposible.  No me hables de salir de aquí.  En este retiro me he propuesto pasar el resto de mis días.  Comprendo que tienes sobrada razón, que esta vida es la de un salvaje; pero ¿qué quieres que te diga?  Aquí me siento feliz.

—No, Juan, veo que me engañas, que no eres franco conmigo.  El hombre que como tú ha nacido artista, no puede vivir sin algún ideal, o cuando menos alguna locura.  Aquí ¿qué te ilusiona, con qué alimentas tu imaginación?

—En mí hace ya mucho tiempo que murió el artista.  Sólo ambiciono tener buenas cosechas.

—Eso también es falso.  El artista de corazón, y tú eres uno de ellos, nace y muere artista; nada es capaz de apagar en él la llama sublime.  En ti podrá dormitar, mas no está apagada.  Sóplala un poquito y verás como arde.

Nada me respondió.  En la penumbra veía su robusta silueta, doblado el cuerpo sobre la silla y la frente apoyada en las manos.  Vacilaba tal vez.  Me levanté y acercándome a él le di una palmada afectuosa en el hombro: “Escúchame, Juan; sé razonable.  Tú no andas bien hace ya mucho tiempo.  Algo muy grave te ha pasado sin duda, quizá una de esas heridas del corazón que sangran por largos años.  Convenido; pero no está bien que un hombre tan valeroso como tú se eche a morir de ese modo.  Créeme, casi casi valiera más que te pegaras un tiro.  Pero no, es necesario que sacudas esa modorra que te embarga, que triunfes del dolor.  Lo demás, es cobardía.  Sigue mi consejo, vuelve a París; allí está la salud, la vida para ti”.

—No, no —replicóme moviendo tristemente la cabeza—.  Es tarde, estoy embrutecido…  El mal del país…

Largo rato hacía que había llegado la noche, noche de enero, clara y fría, que nos obligó a recogernos al interior de la casa.  Juan estaba mortificado y sombrío; fumaba sin cesar, mascando nerviosamente el tabaco.  Volví a la carga:

—A todas estas no me has dicho aún el motivo que te obliga a estar aquí metido.

Se rebulló en la silla, echó una bocanada de humo, y como quien se resuelve a pasar un mal trago comenzó a decir:

—Puesto que te empeñas en saberlo te lo contaré, pero desde luego te advierto que no hay en todo ello el más pequeño argumento de folletín; de manera que si lo que tú esperas es una relación novelesca, te llevas chasco, y esta decepción será el castigo de tu curiosidad.  Todo lo que vas a oír es cursi, casi vulgar; sin embargo ha sido lo bastante a desquiciar mi vida.  Procuraré ser breve porque me encocora hablar de estos asuntos.

—Supongo que no habrás olvidado mi salida precipitada de París.  Pues bien, llegué aquí contento y lleno de ilusiones; porque era lo que yo me decía arreglando las cosas a mi sabor: “Llego, abrazo a mi padre que es una buena pasta y le explico lo sucedido; él se pondrá contentísimo al saber que tiene un hijo que va a trastornar el mundo musical, y sin pensarlo siquiera suelta la mosca y me vuelvo a París, a continuar mis estudios”.  Ensueño todo, Ramoncito; nada salió a medida de mis deseos.

Mi padre estaba furioso y se mostró inflexible.  Cada vez que le hablaba de mis esperanzas, gruñía con su rudeza de labriego inculto y lleno de preocupaciones: “Paparruchas, paparruchas; eso no es trabajar.  Vagabundería y ganas de no hacer nada”.  ¿Y cómo persuadir a un hombre de su laya de que la labor artística es la más ardua de todas?  Imposible.  Mi padre era el tipo acabado del costarricense: terco, astuto, laborioso y avariento.  En su boca la palabra trabajo tenía inflexiones que sonaban como un eco lejano de golpes de pala y crujidos de arado.  Yo le quería mucho y respetaba más, pero mi naturaleza impresionable y nerviosa, amante en extremo de las formas, sufría lo indecible al chocar con aquella otra tan ruda y prosaica, ante la cual tenía sin embargo que doblegarme con no poca vergüenza y humillación.  Porque bien miradas las cosas yo había dejado de ser un niño y mi padre se empeñaba en tratarme de la misma manera que cuando tenía diez años.  Además, no era culpable de haber nacido artista, con el alma llena de esa pasión por lo bello, la más constante y titánica de todas.

“Fácil es adivinar lo que fue mi vida desde entonces.  Encerrado en esta hacienda por orden de mi padre, para que trabajase, me aburría como se aburre el prisionero.  El estado de mi ánimo era de completo abatimiento, de desmoralización vergonzosa y pueril. Estaba como borracho de opio, sin bríos, incapaz de nada.  Así pasé un año entero, sin leer una página, ni escribir una línea; por esto dejé tus cartas sin respuesta.  Un domingo, obligado por ciertos quehaceres, tuve que ir al vecino pueblo de Escazú.  Entre la gente que salía de misa conocí a una mujer encantadora.  La amé desde el punto que la vi, con vehemencia que es signo distintivo de mi carácter.  Vida nueva; ya no tenía sosiego rondando a caballo la hacienda donde ella veraneaba.  A la semana, presentación oficial; un mes después, anillo de compromiso; todo en un periquete.  Para ser franco, yo estaba loco.  ¡Quería tanto a esa mujer!”  

—Y entonces, ¿cómo se explica que no te casaras con ella?

—Esta es la causa de mi desgracia.  Al lado de esa mujer hubiera sido el hombre más feliz del mundo.  Pero ese maldito carácter mío, esta cosa que no me puedo explicar y que sin embargo me domina hasta el punto de obligarme a hacer tonterías que me convierten en una veleta que gira al soplo de caprichos y extravagancias.  La satisfacción de un deseo es para mí el principio instantáneo de otro.  Yo amaba a esa mujer con toda mi alma, y sin embargo en cuanto me convencí de que mi cariño era correspondido me propuse engañarla con otra a quien no quería ni pizca.  ¿Puede darse mayor disparate?  Mi conducta fue la de un necio, y así lo comprendía desde entonces; pero ¿qué quieres?... la cosa, la cosa esa tuvo la culpa. 

“Ya sabes cuánta es la indiscreción en los lugares pequeños.  El asunto no tardó en saberse y sucedió algo muy peor de lo que es usual en estos casos, pues las más de las veces suelen terminar con una escenita de celos seguida de juramentos y protestas, concluyendo luego en sainete con un generoso perdón que se concede al delincuente.  Nada de esto pasó en esta ocasión.  La niña era digna y orgullosa, quizás en demasía, y fui despedido cruelmente, sin ceremonias.  Como aborrezco el sentimentalismo no he de molestarte refiriéndote mis sufrimientos; por las consecuencias puedes juzgar de lo que han sido.  Ese amor desgraciado es lo que me tiene así.”

—¿Y qué ha sido de ella? 

—¿Ella?... Parece que también pasó días muy amargos; pero concluyó por olvidarme y casarse.  Hoy parece ser dichosa.

—Pobre Juan, me das lástima; créeme que te desconozco.  Tú, un parisiense corrido y escéptico, ¡caer en semejantes sensiblerías!

—No te burles, Ramón —me respondió con voz grave y triste—; mi dolor es verdadero y la herida tan honda que no sanará jamás… Conque ya sabes mi secreto.  Una intriguilla sentimental me ha hecho desgraciado para siempre.

—¡Para siempre! Con qué facilidad aplicáis los enamorados este vocablo… para siempre…  Vamos, no digas tonterías.  Me vas a hacer el favor de liar tus petates y… ¡a París!

—No te empeñes —me replicó con exasperante terquedad—; mi resolución es inquebrantable.  El dolor es lo único que hay en mí de constante, aquí la amé, aquí he padecido por su causa, y aquí he de morir recordándola.

“Ahora es esta su locura”, pensé yo.


***

Varias veces volví a visitar al infeliz amigo, y en todas ellas agoté cuántos medios de persuasión estaban a mi alcance para ver el modo de arrancarle del lastimoso estado en que vivía.  Mas todo fue en vano; seguía en sus trece más obstinado que nunca.

Habrían transcurrido unos tres meses desde que por primera vez le había vuelto a ver, cuando una mañana, hallándome en la cama todavía, ¡cataplún! Juan Zamora en mi alcoba.  Venía desbordado de alegría.

—Tienes razón, mucha razón —me repetía paseándose por el cuarto mientras yo me chapuzaba—.  Me voy… lejos, muy lejos.  Este condenado país es lo que me tiene enfermo…  Me largo para no volver nunca.  Muy bonita es América, sí… pero  vista en panorama.

—Bien, bien, Juan.  Me alegro mucho de verte tan juicioso.

—Ahora sí que voy a ser feliz, Ramoncito.  ¡Qué paz tan envidiable!  ¡Qué tranquilidad sin igual!

—¿Qué estás diciendo ahí de paz y tranquilidad?  Jaleo, mucho jaleo es lo que te hace falta.  Un jolgorio constante hasta que te salga toda la hipocondría que tienes almacenada en el cuerpo.  Lo dicho, mucha alegría y muchas trapisondas.

—Bah, ¿qué sabéis los médicos de las enfermedades del alma, si no entendéis ni las del cuerpo?...  No te enfades, Ramoncillo, pero es otra cosa muy distinta la que he discurrido.  Verás qué proyecto tan bonito…  Me voy a Italia.

—Bravísimo.  Las italianas te curarán. 

—No me interrumpas.  Me voy a Italia… a encerrarme en un convento.

Sentí que la casa se me caía encima.  Me fui a él muy encolerizado y cogiéndole por los hombros lo sacudí con violencia.  “Vamos, Juan —le dije— tú estás loco, loco de remate.  Eso del convento es el colmo de la chifladura.  En el siglo pasado aún se comprendía que un hombre de talento se metiese a fraile, porque las ideas, las costumbres eran otras.  Pero hoy en día, Juan de mi alma, sólo cometen esa locura los necios y los truhanes, y tú no eres ni lo uno ni lo otro. 

—¿Dime qué vida hay comparable a la del fraile?  Y si no…

—Sí, ya sé todo lo que me vas a decir.  La felicidad lejos del mundanal bullicio; el suave bálsamo para las heridas, etcétera.  Todo eso está muy bien para dicho en novelas; es muy bonito, muy sentimental, pero en la vida práctica resulta una filfa.  Lo que tú tienes —y ya que es forzoso hablar claro te lo diré— es un espantoso desorden cerebral, eres víctima de la enfermedad de nuestro siglo, de ese mal misterioso que puebla hospitales y manicomios con hombres de ingenio, de la terrible neurosis.

—¡Neurótico yo!  Sólo eso me faltaba.  Ya no tenéis los médicos otra palabra en la boca.  Todo bicho viviente padece ahora el ridículo mal.  Sale por ahí un majadero escribiendo tonterías en lenguaje incomprensible y epiléptico…  neurosis; pierde la chaveta algún pintamonas por tantas trucas como se ha puesto en la vida…  neurosis.  Estoy por creer que los franceses han inventado la palabreja para encubrir la falta de talento.  Cuando pase de moda y digan de alguno: es un neurótico, todos entenderán que es un tonto.

—Búrlate cuanto quieras, pero lo que te tiene destornillado es una neurosis de las finas.  Esa cosa inexplicable de que me has hablado varias veces y que te obliga a obrar como un chiflado, ¿qué crees tú que es?  ¿Qué significa esa inconstancia que te domina, la que de médico te transformó en pintor, luego en músico, más tarde en enamorado incurable y ahora está en vías de hacer de ti un cartujo?  ¿Te imaginas acaso que si hubieras logrado casarte con esa mujer a quien pretendes amar tanto, guardarías aún su memoria?  Pobre amigo mío, ya no te acordarías ni del santo de su nombre.  Tú mismo me lo has dicho, la satisfacción de un deseo para ti es comienzo de otro; y no me negarás mi querido Juan, que todas estas cosas son síntomas alarmantes.

—Dejarás de ser médico si no vieras en cada individuo un paciente y en las manifestaciones más naturales pródromos de peligrosas enfermedades.  Pero a Dios gracias y a despecho de tu ciencia me siento tan campante…  Lo dicho, Ramoncillo, me meto a fraile.  Todo cuanto me arguyas en contra de esa resolución sería predicar en desierto; por lo tanto no hablemos más del asunto…  ¡Qué vida tan deliciosa voy a pasar!  Vida puramente espiritual…  ¡Qué contraste con la que hasta ahora he llevado!...  Mi celdita blanca, bien fregoteada; en la reja un búcaro de claveles y un rayo del bello sol italiano.  El claustro inmenso con baldosas de mármol.  La capilla toda poblada de telas maravillosas.  El humo perfumado del incienso subiendo en espirales a la bóveda, en medio de los cantos celestiales del órgano y del susurro de las plegarias…  ¿Qué mayor felicidad puedo desear en este mundo?  Allí daré rienda suelta a mis aficiones.  Pintaré cuadros religiosos y compondré música sagrada. 

Hoy se embarcó Juan Zamora con rumbo a Génova y propósito firme de alcanzar un lugarcito en el santoral.

Bien pudiera ser.  Hay en él estofa para algo grande.