Sevilla
(De mis recuerdos de España)

No ha visto maravilla
Quien no ha visto a Sevilla

En este siglo de exasperante materialismo, de frío progreso, en que nada hay digno de respeto para el pico demoledor, ni cosa alguna para cuya hechura no exista una horrible máquina de patente, es empresa muy ardua dar con un pueblo virgen aún de la moderna fiebre destructora. Allá en el corazón de Andalucía vive uno que se defiende heroicamente de las embestidas del monstruo insulso de lo nuevo: Sevilla.

Sevilla es la ciudad poética por excelencia. Llena de leyendas y tradiciones, todo en ella es artístico, profundamente original. Sus monumentos y sus casa, sus torcidas callejuelas, las mujeres, el sol, el cielo son allí distintos; el aire mis parece que fuera otro, un aire sevillano hecho adrede para los pulmones de sus habitantes. Al rayar del alba aún se ven deslizarse sobre las baldosas de sus calles, las sombras conquistadoras de los Tenorios de los siglos que fueron; y cuando la luna deja caer su luz pálida sobre las floridas azoteas de sus casas blancas, acuden a ella presurosas la almas de todos los poetas que han muerto, a contar deliciosas historias de amor, reunidas en fantástico aquelarre. Sevilla es el refugio de la poesía y del arte, el recuerdo vivo de las edades muertas. Sevilla no se parece a ninguna otra ciudad del mundo. Sevilla es Sevilla.

Algunos creen que la ciudad favorita del Islam está encantada, y yo lo dudo, porque la existencia del hechizo es evidente, palpable. Su maravilloso influjo es tal, que a ninguno es dado librarse de él. El extranjero que pisa la tierra sevillana siente al punto el contagio: una ola de sangre calurosa se precipita por las venas de su cuerpo, y sentimientos de un género desconocido hacen vibrar dulcemente las cuerdas íntimas de su alma. El más frío y flemático se trueca en un decir amén en colegial enamorado y dispuestos a entregar su corazón sin vacilar, a la primera muchacha de ojos negros que se encuentre a la vuelta de una esquina. Sevilla es la patria del amor.

Esbelta y ligera como una saeta disparada al cielo, álzase en medio de la Giralda, la torre sin rival, el alminar de Yacub ben Yusuí: allí está el hechizo. La Giralda es la vara del nigromante bajo cuyo poder vive la reina del Guadalquivir; en sus cimientos, embutido en el capitel de una vieja columna romana, se oculta el maravilloso talismán. Sevilla morirá cuando la Giralda se desplome; pero la Giralda es imperecedera, como el arte, como la poesía. Ochocientos años han pasado ya sobre ella, y lejos de envejecer cada día está más nueva, más hermosa, como si ayer hubiera salido de manos del artífice. Numerosas rampas de fácil ascenso conducen a la plataforma altísima del gracioso alminar. Desde allí se goza del fascinador encanto que desprende de Sevilla y de una ojeada se abarca el panorama de la ciudad y el paraíso que la rodea.

Hacia un lado el verde campo de Tablada, no muy lejos el Guadalquivir famoso y la Torre de Oro, al Occidente el Ajarafe de los sarracenos, el territorio más fértil y hermoso de la tierra, con sus bosques de higueras y olivos y sus blancos caseríos; a lo lejos Castilleja, entre cuyos muros expiró miserable el conquistador de unos de los imperios más grandes del mundo, el bizarro Hernán Cortés. Al pie de la torre yace grandiosa la inmensa mole gótica de la Catedral donde tantas generaciones han orado, y cuya magnificencia y enormidad sobrepujan al soberbio deseo que manifestó uno de los prebendados cuando se trataba de construirla: Hagamos —dijo— una iglesia tan grande, que los que la vieren acabada nos tengan por locos. Cuadros de Murillo y de Zurbarán, alhajas de riqueza fabulosa, esculturas admirables, altares y verjas que pasman, sepulcros magníficos; todo lo que el arte y el oro pueden acumular debajo de las bóvedas de un templo maravilloso, hállase con profusión en la catedral sevillana. La Biblioteca Colombina, fundada por un hijo del inmoral descubridor de América, también está en su recinto.

Cerca de la Catedral está el Alcázar, un palacio de cuento, de la Alhambra. Fríos y altos muros guardan celosos los tesoros del interior, maravillas creadas por la imaginación delirante de los artistas sarracenos. Muros cubiertos de arabescos tan lindos que parecen modelados por las manos pequeñísimas y habilidosas de las hadas, azulejos inimitables, columnas de mármol de imponderable esbeltez, bóvedas que deslumbran, arcos de caprichosa estructura, tenues como finísimo encaje, y de curvas tan ligeras que diríase trazadas por el vuelo de los pájaros, ricos techos de maderas exóticas incrustadas de marfil, mármoles de cien colores; en fin, un palacio de ensueño donde se oye resonar todavía el eco de las panderetas de las sultanas y la extraña modulación de sus cantos llenos de ardiente poesía.

Y así como no hay mujer linda sin luengos cabellos, no hay palacio sin jardines. Los del Alcázar son maravillosos; por todas partes flores, naranjos y fuentes, alamedas de cuyo suelo brotan mi chorritos de agua al capricho de una llave, obscuras enramadas que refresca la brisa con soplo suavísimo, deliciosos rinconcitos que guardan aún el susurro de los besos de las moras ardorosas. Oculta a medias por frondosos árboles, asoma la entrada de los baños regios que vieron reflejarse las frescas y sonrosadas carnes de doña María de Padilla en las cristalinas aguas que solían beber el rey don Pedro y sus cortesanos, después de bañarse en ellas la hermosa favorita; enfrente el precioso cenador de Carlos V, por allá el estanque del jardín de la Danza, y en cada sala del palacio, en cada alameda de los jardines, evocando un mundo de recuerdos, mil leyendas y tradiciones que hacen del Alcázar un ser animado que vive y respira, que siente y ama.

Torciendo la vista a la derecha aparece con toda la fría majestad de su severa arquitectura la antigua Lonja, hoy Archivo de Indias. Allí, descansando en magníficos estantes de caoba y oculta en las páginas de viejos y polvorientos manuscritos, está la historia de la más grande epopeya que han visto los siglos: la conquista de América. Más allá el palacio de San Telmo con sus tupidos bosques de naranjos. A orillas del Guadalquivir, el renombrado Paseo de las Delicias, lleno de efluvios primaverales y de árboles que dejan caer sobre los transeúntes una lluvia de flores perfumadas y blancas.

Y por todos lados, sin que haya tiempo de fijar en ellos la vista, aparecen palacios, iglesias, jardines y conventos, restos gloriosos de la grandeza de otros tiempos en que no había progreso ni había yanquis, y que por desgracia no volverán. La casa de Pilatos, espléndida mansión perteneciente a los duques de Medinaceli, que a semejanza de la casa del pretor romano se propuso construir a su vuelta de la Tierra Santa el adelantado Per Enríquez, y que terminó el primer duque de Alcalá D. Per Afán de Ribera. El Ayuntamiento con sus tres fachadas platerescas, de las cuales una resulta un prodigio con sus festones del Renacimiento. El Hospital de la Caridad fundado por don Miguel de Mañara, el impío caballero de Calatrava que vio una noche desfilar su entierro a la luz de las antorchas, el don Juan de carne y hueso que, arrepentido y contrito, fue después piadoso y santo. La Plaza de Toros, cuya línea curva se dibuja en lontananza, el teatro donde se representa el espectáculo sangriento favorito de los españoles, bárbaro si quiere, pero que conmueve y enardece, apoteosis del valor, de la fuerza y la destreza, tres cosas que cautivan a los pueblos varoniles. El Puente de Triana tan admirado por los sevillanos, y por el cual desfila todas las tardes, a la hora en que detrás de él se hunde el sol en el río, la cigarrera de andar voluptuoso, mirada provocante y flor en el moño, la que lleva siempre fuego en el pecho, y en los labios, pronto a dispararse como un cohete, el dicharacho agudo, mujer incomparable, mezcla de gracia y desvergüenza.

Y luego como un gran lienzo extendido el blanco caserío, cortado caprichosamente por callejas que serpentean; azoteas cuajadas de tiestos multicolores, columnas y patios de mármol, fuentes que refrescan el aire y flores que embalsaman, paredes blancas, ajimeces y balcones por entre cuyas rejas asoman caras encantadoras y ojos de mirar profundo, atrayentes como el abismo, plazas sombreadas por altas palmeras que recuerdan el Oriente; y dando vida y calor a este cuadro hechicero, la indolente y abigarrada población sevillana; la mujer de cháchara picante, bella y ardiente, que se engalana con la graciosa mantilla, el torero de aire conquistador y perdonavidas, el mendigo con pujos de hidalgo ofendido, la flamenca de ancha bata de larga cola, mantón chinesco terciado con la gracia de Dios, tufos y moño retorcido, en medio del cual se ve plantado un hermoso clavel, como nadie en el mundo lo sabe hacer; el airoso jinete montado en soberbio potro jerezano, el aguador con su botijo y su cantinela de agua fresca. Y encima de todo un sol esplendoroso, el que da perfumes a las flores e inspiración a los poetas, el que enciende ardientes pasiones en el pecho de las mujeres y dora las uvas de Jerez.

Dichosa Sevilla, tierra de poesía que adormitas y sueñas tranquila en medio del bullicio y de la fiebre que a los modernos pueblos consume. ¿Lograrás escapar del bárbaro progreso? ¡Ay! no lo creo. El terrible mostruo todo lo destruye, todo lo devora. Un día llegará ¡terrible día! En que cuadrillas de salvajes, armados de asquerosos instrumentos, destriparán sin piedad tus casitas blancas, para trazar monótonas y rectas avenidas; hedionda y espesa humarada empañará el azul purísimo de tu cielo; el Guadalquivir glorioso arrastrará tristemente sus aguas amarillentas, villanamente aprisionado entre muros de sillería; el viejo Alcázar caerá en manos de cualquier Bárnum que lo convertirá en un museo de figuras de cera, y la Giralda vendrá a ser chimenea de una fábrica de cerillas. Las mozas de Triana y la Macarena, olvidadas del voluptuoso tango y la seguidilla vivaracha, sólo sabrán bailar el indecente cancán. Habrá meetings y socialistas, y hasta se verá a un sevillano sobre una mesa, para otra cosa que no sea bailarse un jaleíto de los bueno. De las mantillas nadie se acordará y serán reemplazadas por el gorrito chabacano de la costurera francesa; y cuando algún erudito exclame al ver pasar una mujer linda ¡Olé, salero, viva tu madre! Será conducido inmediatamente a la prevención por ultrajes a las buenas costumbres.

Cuando todo esto suceda Sevilla será una ciudad altamente civilizada, navegará viento en popa en aguas del progreso, según lo entienden muchos que pasan desdeñosos y sin detenerse frente a una pintura de Velázquez o de Murillo, parándose luego extasiados y boquiabiertos ante una máquina de hace chorizos procedente de Chicago. Progresistas estúpidos, gusanos roedores de todo lo que no es brutalmente material, asesinos del arte y de la poesía, burgueses rellenos con tocino, que tienen por corazón un estropajo.

Sevilla tiene conciencia de su gran felicidad y se defiende valerosamente contra los que procuran arrebatársela. El hombre más dichoso no es el que pretende volver al mundo al revés, sino el que vive resignado y contento con su suerte; es el sevillano indolente para quien el mundo acaba en la última casa de la ciudad que le vio nacer, el que sabe ahogar sus penas con dos cañas de pálida manzanilla; y si lo que llaman progreso ha de arrebatarle esa felicidad envidiable para lanzarlo en el torbellino horrible de la lucha por la vida y de la reforma social, bien hace en mandar al tal sujeto a la punta de un cuerno. Pero al fin sucumbirá Sevilla bajo los golpes del fabricante de calcetines; y cuando se haya perpetrado el crimen, cuando sólo quede ya la memoria de que en aquel sitio vivió una ciudad maravillosa, toda amor y poesía, vendrán entonces los poetas, si todavía los hay, a buscar vago recuerdo de las muertas canciones andaluzas y del tañido plañidero de las guitarras, en el melancólico zumbido del viento por entre los naranjos del Guadalquivir.