Los inocentes

I
Nieve

 

Aunque viviera yo cien años y otros cientos, no es posible que aquel recuerdo se aparte de mi memoria.

Pero sucederá lo mismo con la tristísima historia que quiere escribir hoy mi pluma fiel, inspirada por aquel recuerdo. ¿Habrá para mi modesto cuentecito corazones tan fieles como mi corazón, o siquiera como mi pluma? Mucho me temo que corra al maremagnum de las historias modernas, como todas las cosas inútiles al río del olvido o como todos los ríos al océano profundo, en que pierden el nombre y la dulzura de sus aguas.

Pues, señor; era uno de aquellos días melancólicos del mes de diciembre de 1863, días oscuros e incompletos, como remiendos de noche, fríos y muy fríos, como muertos, desapacibles y enfermizos, que hacían perfectamente exacta la expresión de que el año estaba en las últimas boqueadas. Efectivamente aquel año no se fue, se murió. ¡Qué de nieve! ¡Dios mío! ¡Qué de nieve!

Como las calles estaban alfombradas de nieve y el cielo de color de plomo, y por varios puntos de color de tierra, parecía que la luz le venía al mundo, no de arriba como siempre, sino de abajo como en los teatros.

Era aquella una luz de blandón que alumbra mal porque se corre. La nieve, sin duda, se corría bajo las pisadas de los hombres y se derretía convirtiéndose en lodo nauseabundo.

Y luego la nieve tiene una propiedad muy mala y es que todo a su lado parece sucio o negro. Algunas cosas que se comparan con la nieve por la blancura y la pureza que las realza, ensucian también y oscurecen aquello que tocan en vez de iluminarlo con su blancura. Por eso yo desconfío de todo lo que es como la nieve.

Aquella nevada abundantísima de la noche de Navidad y de los primeros días de la Pascua del 1863, pesaba como un sudario sobre la populosa capital. Pero pesaba más sobre las almas.

No se percibían por las calles los cantares, las risas, los tambores, las gaitas, los mil ruidos que en otros años celebran al misterioso recién nacido. Esta vez, todo indicaba que se moría alguno.

La Plaza Mayor llena de comida, de montañas de comida, indicaba claramente que al enfermo le mataba una indigestión sin remedio.

La nieve que quita el color a las cosas, también apaga los ruidos. Sólo cruzaban las calles criados que van a la compra, políticos que van a la venta y algunos devotos que van a pedir algo a Dios, alguno que otro coche trabajosamente, varias carretas y recuas de mulas de las que entran a abastecer los mercados, pero muy despacio y sin el continuo estrépito de los días ordinarios.

Las gentes, que en Madrid llevan un semblante severo y repulsivo con el que se disputan las aceras y se cambian miradas de odio inquisitorial, iban aquella mañana abatidas y cabizbajas, como que cada uno se ocupaba en mirar con cuidado en donde ponía el pie, evitando los peligros de aquel suelo resbaladizo y desigual. Pero, pensando piadosamente, no parecía sino que iban así porque andaban todos avergonzados, o haciendo examen de conciencia o encomendando su alma a Dios y ayudando a bien morir al pobre moribundo.

Todo recordaba el silencio, la taciturnidad, las precauciones sin medida y el tacto exquisito que se emplea en los gabinetes de los enfermos que ya no dan esperanzas; todo recordaba la calle enarenada frente a la casa del que expira para que el transeúnte pase como el gato, o como si le hubieran puesto bajo el pie en vez de la arena el corazón del agonizante; y las puertas con apagadores y las campanillas sin lengüetas y el reloj sin péndulo y la casa sin niños y los asistentes sin zapatos y las palabras sin sonidos, cual si fueran esqueletos de palabras reducidas al simple movimiento de los labios acentuado por algunas lágrimas.

Así debe rondar la muerte, con precaución, silenciosa, de puntillas, en derredor de su presa, antes de cargar con ella y desaparecer precipitadamente. ¿No es verdad que entonces los asistentes parece que la están remedando y que desempeñan en el lúgubre teatro la parte de comedia o de bufonada que hay en el fondo de la más pavorosa tragedia?

En los cafés, ¡oh! , en los cafés era en donde la nieve hace ver las cosas más sucias y más negras que en ninguna otra parte. Estaban llenos de gente, de tragones y bebedores que habían celebrado muy bien las pascuas.

Y como no hay casa en Madrid que no tenga un café en el piso bajo, como tampoco la hay que no tenga un establecimiento fotográfico en el piso más alto, resultaba que para un corazón melancólico, o, si queréis, para un carácter aprensivo o para un alma enfermiza, la corte se hallaba convertida en la Venecia de un negro Cocito u otro cualquier río de los antiguos infiernos destruidos, o de un mare-tenebrarum de agitadas olas.

Por lo menos la Puerta del Sol, en donde las olas de café que corren en un día ahogarían al mismo astro rey si efectivamente pasase por ella al salir al mundo, en la Puerta del Sol, en donde impera el spleen que nos viene de los ingleses, agravado por el farniente que resulta de la resolución de no pagarlos; en la Puerta del Sol, por lo menos, corría y daba vueltas entrando y saliendo por una y otra casa de Manzanedo, un Támesis caudaloso, más negro que todo lo negro, sobre cuyas olas, para que la ilusión fuese completa, flotaba espesa, rastrera, impenetrable, la niebla, la horrible niebla de millones de cigarros.

Yo andaba rodando por varias calles, sin rumbo fijo, sin objeto determinado, como cruza un pájaro los aires, trazando en el vacío curvas indefinibles. Las alas de la casualidad eran las que me guiaban o, mejor dicho, las que jugaban conmigo.

Triste e indiferente como el que nada posee, ni siquiera un pensamiento en el fondo del alma, llegué a la Plazuela de la Paja.

—¿Tanto rodar, para venir aquí? —dije sonriendo a mi irónica señora, la casualidad.

En un rincón de la antiquísima plaza, libre de nieve, brillaba una hoguera encendida por varios niños con virutas de una carpintería inmediata. Cuatro o seis de los más desarrapados, puestos en cuclillas en derredor del alegre fuego, calentaban sus miembros entumecidos. Otros saltaban por encima de las llamas, haciendo apuestas de valor e intrepidez.

Qué hermosos, que aéreos, qué puros, qué fantásticos, qué angelicales estaban los que con una destreza admirable pasaban las piernas con maligna burla por encima de las crueles e imponentes llamas. Jugaban sobre un abismo y eran todos una pólvora, como dicen las madres, y cabalgaban en el fuego abrazador. Yo me sentía a la vez lleno de placer y de zozobra, porque así no sentían frío, pero estaban expuestos a morir.

¿Por ventura el hombre no es como el niño? ¿Logra nadie salvarse de un extremo sin caer en otro? Juguetes de un dilema inexorable, nuestra vida se columpia entre lo poco y lo demasiado, entre el todo y la nada.

Me acerqué pausadamente a la hoguera, afectando indiferencia, para no espantar a las avecillas jubilosas que revoloteaban en aquel árbol de llamas. ¡Maldita lentitud la mía! Un niño cayó en la hoguera y llegué tarde. Le saqué casi muerto. Un grito de angustia salió de mi pecho; los niños desaparecieron mudos de terror y me encontré solo con la víctima, indeciso, acobardado, sin respiración y sin vida.

La hoguera, como el asesino que escapa apresuradamente después del crimen para no ser descubierto, apagó al instante.

Envolví por todo recurso a la desventurada criatura en mi capa, que estaba bastante húmeda, y entré corriendo en la carpintería.

El dueño me salió al encuentro y me arrebató llorando el niño que se agitaba como una llama entre mis brazos.

Todo lo había visto desde su balcón. Había procurado al mismo tiempo que yo correr a anular el peligro, pero había tropezado en la escalera y se había herido en una pierna.

Lloraba como una mujer, como una madre. Era el padre del niño y la madre también, porque el niño era huérfano de madre.

Le vi desaparecer subiendo por una escalera estrecha y sombría y yo me alejé con horror de la plaza fatal, inmediata a la de La Cebada, de lúgubres recuerdos, acostumbrada a cadalsos, a muertes violentas y a otras escenas infamantes.

Pasé por la puerta principal de la parroquia de San Andrés y me detuve para dar una limosna a una niña que me llamó la atención entre el grupo de ciegos y baldados, de trece a catorce años, pálida y delgada, envuelta en un largo manto negro, muy envuelta en él como si fuese la única ropa que cubriera su cuerpo. Un pañuelo de madrás ocultaba por completo su cabeza y parte del rostro hasta la boca.

Estaba apoyada en la verja de hierro, la mano derecha asida a uno de los gruesos barrotes en formas de lanza a más altura de la cabeza, y la cabeza apoyada sobre el brazo.

—¡Por los Santos Inocentes! —repetía a media voz—. ¡Por los Santos Inocentes!

—¡Los Inocentes hoy! —exclamé estremecido, acordándome de la hoguera infanticida, dejando caer mi óbolo en la mano que la joven alargaba por debajo del manto sin descubrirla, como una señal delicada de pudor y dignidad de virgen.

Esperé a oír con respeto el Dios se lo pague de la santa gratitud y volví la espalda al templo.


II

El ángel de los niños


No bien había dado algunos pasos, oí un gemido lanzado con timidez, pero no por eso penetró menos en mi corazón.

Me detuve sin volverme. Entonces llegó hasta mí una reconvención llena de dulzura, pero no menos amarga para mi conciencia.

—¡Válgame Dios! ¡Señor! Acordarse de que hoy es día de los Inocentes sólo para aprovecharse de la costumbre de engañar al prójimo, y engañar a una pobre para burlar por inocente a una niña inofensiva.

Era la voz de la virgen de la verja.

—Pues qué he hecho, ¡Dios mío! —exclamé volviendo a ella apresuradamente.

No había variado de posición. Aún abrazaba la lanza, y mi remordimiento me hizo considerarla entonces como una Minerva severa y vengativa.

—¿Me habré equivocado? ¡Soy tan viejo!

—¡Sí, eso será! —contestó, apartando el extraño pañuelo que la cubría parte del rostro, mirándome con ojos de ternura.

—¿He dado una moneda falsa?

—Un botón, señor, un botón preparado para hacerle pasar por moneda. Si no fuera usted tan bueno y humilde.

—Pues, créalo usted, hija mía, el engañado he sido yo. Tire usted eso al suelo, si quiere usted arrójemelo a la cara. Mi limosna ha sido ésta —añadí dándole una dobla de cien reales.

—No vaya usted a hacer algún sacrificio que cueste luego malos ratos. Tal vez he sido imprudente al quejarme, Dios me perdone.

—No hay sacrificio en esto. Era ésa desde el primer momento la moneda destinada para usted, pero mi descuido consiste en que estoy aturdido, aterrado y casi tan ciego como esos pobrecitos que tiene usted a su lado.

—Aterrado, ¿de qué? —preguntó con interés cariñosísimo, separando la mano de la verja y apoyándola ligeramente en mi brazo.

—Acabo de presenciar una catástrofe espantosa, acaso una muerte, una muerte repentina.

—¡Repentina! —gritó temblando—. ¡Repentina!

—Sí, un niño...

—¡Ah!... un niño... —dijo, serenándose de pronto.

—¿Y eso le calma a usted? —pregunté asombrado.

—Sí, porque los niños se mueren cuando Dios quiere, y no cuando quieren los hombres; los niños se mueren con menos agonía, los niños que se mueren se van al cielo, los niños no se mueren, se van.

Cada una de estas frases iban acompañada de una sonrisa y de una mirada de gratitud al cielo. Parecía entonces o acaso era en aquel momento el ángel de los niños inocentes.

—Pero la muerte repentina veo que la aterra a usted.

—¡Mucho! —exclamó abriendo desmesuradamente los ojos.

—¿Ha presenciado usted algunas?

—¡Muchas! —añadió estremeciéndose.

—Pues dicen que es la mejor, que se padece menos, que no hay agonía, que los parientes no han tenido que sufrir las impertinencias e incomodidades de una larga enfermedad.

—¡Es que no hay muerte repentina! Es un error. Hoy, señor, hoy no hay muertes repentinas.

—¿Cómo es eso? Explíquese usted.

En aquel momento daban las doce en la parroquia con lúgubres y perezosas campanadas. El mediodía se mostraba más oscuro, más incierto, que su crepúsculo.

—¡Juana!... ¡Pobre! ¡Y la otra más joven! ¡Y la de la calle del Salitre! ¡Pobres! —decía también pausadamente la joven pordiosera, con la mirada vagarosa del que recuerda, haciendo una exclamación a cada campanada, como si cada campanada fuera el remedio de una agonía—. No, no hay muertes repentinas. Todas ellas supieron que iban a morir muy pronto. Esas muertes, caballero, que se llaman repentinas, ¿sabe usted a qué se deben? Al desamor, a la indiferencia, a las grandes nevadas de indiferencia que han caído sobre las almas en estos tiempos. Ve usted que cae uno muerto en cualquier calle, que sube uno a morirse en un coche de alquiler. Pues no diga usted que ha muerto de pronto, no. El paciente hace tiempo que sufría extraordinariamente, que sabía lo que le esperaba, que se había preparado para morir, pero no revelaba a nadie sus temores, o sus seguridades; disimulaba sus dolores hasta los más agudos, engañaba a todos con respecto a su salud, continuando en sus trabajos y ocupaciones cotidianas, sin fallecimientos, sin quejas, sin vacilación, sin llamar la atención de nadie, sin despertar la curiosidad de los parientes, haciendo proyectos para largos plazos; y corno suele decirse, vendiendo salud y vida. Todo esto por desconfianza, por el conocimiento que cada uno tiene hoy de la indiferencia de todos hacia los dolores ajenos, empezando por el pariente más cercano, por el amigo más querido, Si el paciente hubiera dicho a debido tiempo que empezaba a padecer, no por eso habría logrado que se le hubiera atendido. En la seguridad de que esto es lo que espera solamente desde que se dice me siento morir, el paciente calla, o lo confía todo como un gran secreto a quien sabe todos los secretos: Dios. Rehúye así el desengaño, la terrible prueba, como evita las corrientes de aire o se priva de muchas cosas en sus alimentos, por precaución, por remedio, para morir menos mal. ¿He dicho a usted que lo que se teme es la indiferencia excesiva del pariente o del amigo? ¡Oh!, pues es lo de menos. Lo terrible es el interés, si el enfermo posee algo que excite el interés. Entonces el infeliz tiene que salvar muchas cosas que se perderían, que empezarían a robarle desde el punto y hora en que se le creyese con un pie en la sepultura. A mediados del año de 1861, murió un cerrajero blasfemando porque, apenas había recibido la extremaunción, habían entrado en su cuarto varios parientes que iban apoderándose a hurtadillas de algunas prendas diseminadas en las cómodas y los cofres. Él lo estaba viendo todo con esa gran luz que da la muerte, con esos ojos tan claros, tan abiertos, con que el paciente lo mira todo y penetra hasta el fondo de las intenciones. Hay, pues, que adornar de risas la cara como el cuerpo de galas para que nos respeten y nos atiendan. Aquí, señor, no importa ser bueno sino estar bueno. O si usted quiere diré que unos mueren haciendo creer que lo son. Si el que padece lo confiesa en el seno de su familia, la muerte no será repentina, pero sí más anticipada. Créalo usted así; créalo usted.


III

La madre de los niños


Aquella extraña sabiduría de niña aumentó los sufrimientos y congojas de mi espíritu. Yo sé que el dolor es gran maestro, que muchos que tiritan entre harapos derraman perlas y diamantes de la inteligencia, pero no sé qué miedo supersticioso se apoderó de mí en vista de aquella asombrosa precocidad de la niña.

—Tan malo es el mundo —fue lo único que me atreví a decirle en tono de duda.
Se sonrió tristemente.

—¿Quién es usted, que tan poco conoce al mundo y duda de lo más cierto? —me preguntó con una extrañeza mayor que la mía.

—Soy un pobre maestro de escuela jubilado, mejor dicho, separado voluntariamente del servicio por haber venido a mis manos la herencia de unos parientes, que me hace menos penosa esta cansada vejez.

—¡Maestro! ¿Y no sabe usted qué hace hoy el mundo con los niños, con un exceso de maldad incomprensible?

—¡No sé! ¿Qué pasa?

Yo quería parecer más ignorante para obligarle a hablar.

—¡Hoy los niños son mártires!

—¿Mártires los inocentes?

—Sí, me ha dicho un misionero que en la China hay madres que los arrojan al arroyo en cuanto nacen. Que por las mañanas los misioneros recorren las calles, y en algunas de ellas suelen encontrar quince, veinte, treinta y más criaturitas, agonizando entre el lodazal, y que hay que bautizarlos a todos a un tiempo, apresuradamente.

—Pero eso es un país de infieles, hija mía.

—Dicen que en Inglaterra, señor, hay niños encargados de hacer girar las ruedas de una máquina, permaneciendo diez y doce horas de pie, y que para que no se les doblen las piernecitas les ponen botas de latón. Que estos pobrecitos sólo pueden soportar un año esta vida tan contraria al movimiento, que es la única gloria del niño, y que se mueren de consunción.

—Pero eso será allí solamente. Aquí no...

—Dicen que en Francia hay casas de prostitución para niños y niñas de siete a catorce años.

—¡Oh, qué horror! Pero eso es sólo, como digo, en países extranjeros.

—¡Y aquí también! —exclamó con énfasis doloroso, expresando una nueva amargura en cada sílaba—. Aquí también hay madres...

—¡Madres!...

—¿No se acuerda usted? Las que los abandonan recién nacidos a las puertas de 1as iglesias, al pie de sus confesionarios, en el rincón de un altar, como yo lo he visto, ¿no son madres?... Verdad. No lo son...

—No lo son —repetí yo involuntariamente.

—¿Y las que dan sus hijos a criar fuera de casa para evitar cuidados y estorbos? ¿Y las que han escogido la carrera de amas de leche, y abandonan sus hijos a otra por tres duros para encargarse de hijos ajenos por media onza?

—Tal puede ser en éstas la necesidad.

—Cierto. ¿Pero se acuerda usted del cuartel de la montaña del Príncipe Pío? Cuando acabaron de levantarle, se desplomó en la escuela de Ruzafa, barrio de Valencia, la escuela de párvulos; se desplomó sobre el maestro y los discípulos.

—¡Oh! ¡Bien me acuerdo!

—Al día siguiente llevaron al cementerio un ataúd grande y doce ataúdes pequeñitos, seguidos de madres desesperadas. Esto fue el año de 1863, por junio. Al año de esto cayó en Madrid un granizo terrible. Parecían piedras como puños, que rompían los cristales de los faroles y de las ventanas. Seis niños sin padres, sin casas, sin amigos, perecieron en una cueva de la puerta de Toledo, único refugio que les prometió engañosamente salvarlos del vendaval.

—¡Cierto, hija mía! Yo los vi enterrar al día siguiente.

—Hace veinte días, cuando los ciegos empezaban a cantar coplas por las calles anunciando el nacimiento del niño Jesús, se incendió la fábrica de cigarros, ¿sabe usted por qué? Quería llevar luz, mucha luz, a un sitio muy oscuro, a una alcantarilla en donde se había cometido un crimen horroroso.

—También me acuerdo. Un malvado, un desconocido, pasó cierto día por la calle de Toledo. Se encontró una niña hermosísima, ¡siete años de gracias inocentes!, que jugaba a la puerta de su casa. Se acercó a ella, suplicándola hipócritamente que le diese las señas de no sé qué casa de las inmediaciones de la fábrica de gas. La infeliz se brindó a guiarle, y desaparecieron en dirección al puente de Toledo. El bárbaro la engañó, la llevó a la oscuridad, a las catacumbas del crimen, y allí la profanó de todos modos, y luego la asesinó con insaciable crueldad.

— ¡Lo ve usted! ¡Lo ve usted! La infancia y la inocencia son mártires. Los soldados de Herodes son los que no desaparecen del mundo.

Yo estaba cada vez más asombrado. Indudablemente aquella joven no era una pordiosera. Todo revelaba en ella una esmeradísima educación que sólo pueden dar las familias acomodadas. Acaso el exceso de piedad le había arrastrado a aquella clase de penitencia, a pedir para los pobres en la misma actitud de los pobres, como solían practicar las jóvenes ricas y poderosas princesas en épocas de fervor religioso.

La curiosidad me dominaba, y decidí no separarme de aquella sublime criatura, penitente excepcional en estos días de tibieza cristiana, sin acabar de conocerla hasta indagar los detalles de su historia, que debía ser muy interesante.

En el grupo de pordioseros del cual habíamos ido apartándonos insensiblemente, se conversaba en voz alta sin que ninguno se ocupara de nosotros. Los más eran ciegos.

La joven continuó después de una corta pausa.

—Olvidaba lo mejor.

—¿Lo mejor?

—Quiero decir, lo más irritante y cruel, lo que la conciencia religiosa no puede olvidar en mucho tiempo. Me refiero a la calumnia infame extendida desde hace un mes contra las niñas que se educan en el Monasterio de Salesas Reales.

—¡Oh! ¡Eso no tiene perdón de Dios! ¡Suponer que la prostitución, que el deseo de prostitución, que el cinismo de la prostitución se había apoderado de unas niñas inocentes que se educaban en la virtud y en el temor de Dios!

—Y para colmo de infamia —dijo ella interrumpiéndome—, ¡decir que un niño, que uno de los niños destinados al servicio del altar era el que les había enseñado el crimen robándoles la inocencia! ¡Que un niño se había encenagado en el vicio hasta morir en un océano de impurezas!

—Pero la conciencia de los hombres honrados de España protestó contra la infame calumnia.

—Pero, ¿qué será de esta pobre patria en donde los niños sufren tan culpables olvidos y tan diabólicas profanaciones? Aquí, en donde los niños han sido siempre más amados que en ningún otro país del mundo. Murillo los pintaba, transfigurados en ángeles, en derredor de las imágenes de María Inmaculada. Pero en estos días, cuando Dios, como un aviso y en señal de afecto y protección, ha puesto en el trono de nuestros reyes lo que Murillo en sus cuadros, un coro de inocentes niños, hoy no se distingue nuestra patria por su amor a esas preciosas flores de la vida. ¿Qué nos sucederá en castigo?

—¿Qué nos sucederá? —repetía yo.


IV

Una caja de violín


La conversación se prolongó hasta las seis de la tarde. Los ciegos habían tomado parte en ella y hablado con calor contra los corazones de piedra. Sus ojos sin luz derramaron lágrimas de amarguras sobre las tinieblas del género humano.

Yo deseaba consolarlos.

No bien había consentido en este propósito de mi corazón lleno de lástima, cuando pasó por mi lado un hombre que se tambaleaba dando traspiés y tropezando con todo.

Llevaba un bulto debajo del brazo.

¡Magnífico!

—¡Buen hombre, eh, buen amigo!... Saque usted ese violín y tóquenos algo, una sinfonía, una marcha, un bolero, cualquier cosa.

El hombre se detuvo, exhaló un suspiro, y me dirigió una mirada triste al través de un torrente de lágrimas.

Le reconocí con terror. Era el padre del niño que cayó en la hoguera.

No acerté a pronunciar una sola palabra para excusarme.

—¡Murió mi niño! —exclamó en voz baja.

—¿Y cuándo le entierra usted? —preguntéle con todas las muestras de la más paternal solicitud.

—Esta tarde... ahora mismo.

—¿Y los gastos?

—He vendido mi violín, única prenda de valor que me quedaba de mis antiguas riquezas, para pagar la pequeña sepultura de mi pobre Juanito.

—Bien, bien, ya arreglaremos eso. Quiero acompañar a usted. Vamos por el niño.

—¡Si está aquí!

—¿Dónde?

—Aquí, en la caja —dijo; y, apresuradamente, puso en el suelo la caja del violín. Abrióla, y vi en su reducido espacio el cadáver carbonizado del infante.

Por primera vez comprendí la conveniencia de que las cajas de violín se asemejasen a los ataúdes de los niños.

Era día de Inocentes, yo fui engañado por una caja de violín.

Despedíme de los pobres y del ángel de los pobres, y seguí al afligido padre al cementerio. Allí nos ayudó la mujer del sepulturero a colocar a Juanito en su sepultura.

Era un hoyo abierto al pie de un arbolito, muy raro, pero muy bello, que se mantenía verde y alegre a pesar de la crudeza del invierno. Tenía hojas de figura de corazones y florecitas en forma de llamas. Parecía un árbol de corazones inflamados.

Cuando cerramos la tierra sobre el cadáver, se rasgó el velo de nubes que velaba al sol en su agonía. Un brillante rayo brilló sobre el árbol, y pintó sobre la sepultura las sombras de los corazones.

Una ráfaga del viento del norte agitó entretanto el arbolito, y de este modo los corazones de sombra palpitaron sobre el niño muerto.