Escritor cubano, genuinamente francés de la mejor cepa literaria de París, quien se destacó en el periodismo cubano del siglo XIX. Firmó trabajos con el nombre François G. de Cisneros y con los pseudónimos Raoul François y Lohengrin.
Oriundo de la provincia oriental de Santiago de Cuba. Fundó y dirigió la revista «Gris» y «Azul» y fue redactor de «La Habana Elegante» y «El Hogar».
Corresponsal y amigo de gran número de escritores cubanos y del resto de América afiliados al Modernismo, defendió y propagó las ideas de este movimiento.
En los inicios de la guerra de independencia salió del país y se radicó en Nueva York, donde tuvo a su cargo la «Crónica de Cuba» y «América» y colaboró en «Patria», «Revista de Cayo Hueso», «Las Tres Américas» y otras publicaciones en español.
Más tarde se trasladó a Europa, desde donde continuó enviando a la prensa cubana sus crónicas, artículos, críticas y cuentos, que nunca recogió en libro. Colaboró en «El Fígaro» en el que publicó más de cien trabajos, «La Discusión», «Gráfico«, «Social», «Chic». Fue cónsul de segunda clase en Lisboa.
De espíritu combativo e ideas separatistas, estuvo muy vinculado a los planes conspirativos de Carlos Manuel de Céspedes. Fue director del periódico «El País» que dejó de circular por la manifiesta hostilidad de los servidores de la Península. Asilado en Nueva York se dedicó, con todo éxito a alejar y traer expediciones patrióticas a las costas de Cuba. Radicado en Colombia, promovió importantes iniciativas en los Ferrocarriles sin desvincularse de las alternativas de la vida política cubana.
Shawn McDaniel, en su artículo «Francisco Cisneros y el rescate del decadentismo casaliano», publicado en la versión electrónica de la revista «La Habana Elegante» expresa: a modo de introducción, Bolet Peraza lo presenta como un joven escritor modernista: “Pertenece este aventajado literato á la secta modernista, y posee el secreto del color y del relieve que hace notables artistas de los escritores y hermosas obras vivas de sus pensamientos». Hoy, sin embargo, García Cisneros es mayormente un desconocido. Henríquez Ureña lo menciona brevemente en su celebrado Panorama histórico de la literatura cubana, para decir que «manejaba la prosa en forma atrevida y a veces arbitraria en la adjetivación…».
Lo cierto es que en su época fue uno de los cronistas y críticos literarios más prolíficos del continente americano. Sus crónicas de viaje aparecieron en revistas desde el Cono Sur hasta los Estados Unidos. En todo caso, ya hacia 1895 el contenido modernista dominaba «Las Tres Américas» y, por tanto, García Cisneros era un redactor ideal: conocía muy bien las literaturas extranjeras y se movía en el ambiente literario de la época. También coincidió en Cuba con Julián del Casal en La Habana finisecular. Fue un asiduo de las tertulias literarias en la casona de Puentes de Grandes de familia Borrero. La genial niña pintora-poeta Juana Borrero lo llamaba poéticamente «el vizconde rubio de los desafíos».
Mercedes Cabellos de Carbonera dijo de él: «Tiene del simbolismo, la idea filosófica y luminosa y del Modernismo la frase multicolor, sintética y nerviosa, tomando a la vez del decadentismo, la variedad en la onvedad dentro del corte artístico de la forma. Decadente, simbolista o modernista, adoptó esos métodos elevándolos a la categoría del pensar alto y del sentir hondo, diversamente de los que han convertido esas escuelas en el bien difícil arte de que las palabras suenen como música sin llegar a expresar ideas ; música armoniosa, pero sin la electricidad del pensamiento, y si la savia de las ideas. Sus cuentos, sus siluetas, sus poemitas, son centelleos poéticos en prosa; cuadritos japoneses, en que ríen la poesía y el ensueño, en artística combinación, sentida y humana».
Francisco Cisneros fue uno de los que le criticaron a Rodó sus juicios negativos sobre Estados Unidos el cual era mejor conocido y admirado por quienes vivían en él. Se le recuerda por la polémica epistolar que sostuvo que rozó en la acritud y terminó en distanciamiento. Estas cartas, que permanecen inéditas, en el Archivo Rodó, García Cisneros le hablaba a Rodó de una gran cultura artística en los Estados Unidos (pintura, literatura, ópera) para demostrarle sus prejuicios de latino. Tras la discusión epístolas, García Cisneros publicó en la prensa neoyorquina una crítica de Ariel.
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