Prosa post-modernista artística

A principios del siglo XX aparecen, ya tardíamente, cuentos y novelas modernistas con una marcada intención artística, entre los cuales se sitúan algunas muestras consideradas como las mejores del movimiento. Se enfatiza en la preocupación formal, el léxico arcaizante y los temas exóticos o históricos. El lenguaje narrativo se presenta aún más lleno de esteticismo y de una cultura artística tomada de la pintura, la música y la escultura, pletórica de símbolos de elegancia plástica donde se exalta al cisne y al pavo real como íconos, llena de voluntad de estilo, de innovaciones formales entre la prosa y el verso, y de un culto de nuevas sensaciones cercanas al impresionismo y a la sinestesia: invadida de un refinamiento de la imaginación, hasta llegar al exotismo. El lenguaje modernista está siempre ligado con nuestros hábitos del pensamiento, en cierto sentido “lenguaje” y “pensamiento” no son sino una misma cosa. Exotismo modernista, que vagabundea por lo geográfico: el helenismo, el orientalismo, y un refinado afrancesamiento. La búsqueda de una tendencia en lo literario por el Simbolismo, por el Parnasianismo y por el Decadentismo; el preciosismo y el demonismo, que desembocará siempre en la consagración del escritor “raro”. Expansión psicológica hacia lo mórbido, una exaltación de la fantasía, una tendencia hacia la mitología (reconocida y localizada dentro del Modernismo): clásica, nórdica, medieval, bíblica, y precolombina. Extiende su perspectiva, una predisposición por la narrativa fantástica: exaltación de la vida espiritual y el misterio de las cosas. Evasión hacia otros mundos, individualismo artístico, desazón personal, sublimación de la enfermedad: el mal del siglo, y dialéctica del contraste: vida-muerte, virtud-pecado, carne-alma, paganismo-religiosidad.